Filantropía
El viernes pasado fuimos testigos de una entrañable, musical, emotiva y colorida inauguración de los Juegos Olímpicos, larga también, eso no se puede obviar, pero sin duda fue un soberbio evento que nos embelesó los sentidos. El deporte tiene la extraña y fascinante capacidad de proveer ilusión, y máxime cuando son unos Juegos Olímpicos, es una disímil, incluyente y majestuosa gala a la cual todos estamos invitados, aunque no tengamos invitación personalizada.
El extenso desfile de los atletas es una fehaciente prueba de esperanza, observar a miles y miles de deportistas salir por el túnel vestidos con una gigantesca sonrisa solamente puede provocar felicidad y alegría. El momento cumbre de humanidad fue cuando la delegación de refugiados tomó la pista amparados por el movimiento olímpico que en esta ocasión no se preocupó en exclusiva por la universalidad, sino que fue compasiva y empática en estos momentos en donde el mundo necesita gestos de clemencia y unidad a los cuales abrazarse firmemente.
Todas estas sacudidoras sensaciones representadas en su máximo esplendor por el fuego olímpico encendido por ti Vanderlei Cordeiro, un mítico. Otra vez unos Juegos Olímpicos nos llevarán de la mano por un camino puro, hermoso y colmado de anhelos. Esta magna competición mundial nos apapachará el alma por varios días, respiraremos, sentiremos y hablaremos de deporte sin reparo alguno, y eso no puede ser más que benéfico.
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