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Generale

Columna Christian Martinoli 25-11-2016

En la arrinconada mesa al fondo del restaurante Álvaro, cercano a la Piazza del Popolo en Roma, justo al lado de una pequeña puerta camuflada que daba al tétrico pasillo que terminaba en un callejón donde descargaban mercancía los proveedores, se construía cada semana el castillo de billetes sucios más grande de Italia.

Su dueño, Álvaro Trinca, y su socio el vendedor de frutas, Massimo Cruciani, generaron sin pensarlo todo un laberinto secreto de intriga, complots deportivos y apuestas clandestinas que mojaron a las esferas del Calcio.

Los italianos, fervientes seguidores del futbol desde mediados de los años cuarenta, se deslumbraron con la posibilidad de ganar monedas mediante su afición tratando de obtener el ‘Totocalcio’, es decir, los pronósticos deportivos vigilados por las entidades gubernamentales del país; sin embargo, para finales de los setenta, varios eran los circuitos de dinero mediante apuestas que vivían a la sombra de la legalidad a las que llamaban: ‘Totonero’ (Quiniela Negra), dinero rápido, directo, fresco, sin comisiones ni deducciones fiscales, en pocas palabras, ‘limpio de polvo y paja’.

La historia era así: Álvaro contactaba a los apostadores, ellos le daban los momios de los partidos y tras elegir sus apuestas contactaba a Massimo, quien se encargaba de enviar arcones frutales monumentales como regalo a jugadores, entrenadores o directivos, tanto de Primera como Segunda División. Una vez hecho el contacto con los protagonistas, seguían invitaciones a comer cada vez que visitaran Roma y después el trato directo; ahí venía el ofrecimiento de dinero para poder conseguir el resultado al cual habían apostado.

No era sencillo generar el camino, pero una vez realizado y con plata moviéndose por debajo de la mesa, Álvaro y Massimo empezaron a conseguir financistas que incrementaban sus apuestas, por ende, sus ganancias, y también las de sus socios tanto dentro como fuera de la cancha.

Cuando la maquinaria estaba a máxima potencia eran capaces de arreglar dos de los ocho encuentros de Serie A a la semana y otro de Serie B, involucrando a decenas de personas, una locura.

Sin embargo, todo dio un giro inesperado cuando Massimo comenzó a sentir que su socio lo estafaba; el frutero había adquirido deudas importantes y no podía sostener los números, así que decidió apostar su reino en un Avellino-Bolonia. “Teníamos acordado con Stefano Pellegrini y varios jugadores más del Avellino que ganarían el juego contra Bolonia, porque también habíamos pactado ya con Petrini, Savoldi, París, Zinetti y Dossena, que su equipo, el Bolonia, perdería. Sin embargo, la gente del Avellino nos dijo: ‘no es necesario pactos, ni dinero, Bolonia viene mal”, contó en su declaración pública ante la policía Massimo.

El asunto es que Bolonia ganó 1-0, los jugadores no respetaron lo acordado y Cruciani quedó arruinado. El escándalo se desató cuando fue a la comisaría y tras investigaciones, el 23 de marzo de 1980, después de jugarse la fatídica fecha 24 del torneo, los elementos de la justicia irrumpieron en los vestidores de varios estadios, apresando a 48 personas para que testificaran.

Al final, Trinca y Cruciani terminaron en la cárcel, además de que tres directivos y 20 jugadores fueron castigados, entre ellos el goleador del Milan, Paolo Rossi, quien fue suspendido dos años; siete equipos terminaron penalizados, los más, la Lazio y el Milan, perdieron la categoría y terminaron en la Serie B.

Desde el ostracismo de las tinieblas futbolísticas, el cuadro rossonero buscó la reinvención, le dieron el gafete de capitán a un chico de 22 años llamado Franco Baresi, un muchacho huérfano con alma dura, calada por la terrible realidad de la vida que los libros no cuentan.

“Mi madre murió cuando tenía 14 años y mi padre cuando yo apenas cumplí 16. Fue dramática mi juventud, pero gracias a mi hermano Giuseppe y al Milan pude seguir adelante como persona y encontrar una disciplina de vida. Me duele, todavía me pongo triste cuando pienso que no pudieron verme debutar a los 18, por eso toda mi carrera siempre fue un homenaje a la memoria de mis padres”, relató para el diario ABC de España.

Educados por monjas, Franco y Giuseppe jugaban futbol a todas horas y un día dejaron la pequeña comuna de Travagliato para probar suerte deportiva con el Inter. Ambos fueron examinados y mientras el mayor de los Baresi fue aceptado, a Franco le dijeron que le faltaba estatura y que regresara en un año. En efecto, volvió, pero a la ventana de enfrente, le insinuó su capacidad al Milan y lo firmaron.

“Gané un Scudetto y después descendimos, subimos nuevamente pero a la siguiente campaña otra vez caímos a la Serie B, hasta que por fin pudimos regresar definitivamente a Serie A. Fueron momentos difíciles pero no tenía duda que ese equipo podría convertirse en el mejor de Europa, por eso no desistí y seguí adelante en el club”, habla un hombre maduro que supo durante 20 años defender la camiseta de ‘Il Diavolo’.

Aunque no jugó un solo minuto, a los 22 años fue Campeón del Mundo en España 82; un ciclo mundialista después, Enzo Bearzot, entrenador de la Nazionale, decidió no convocarlo. “Me quería llevar como mediocampista cuando yo tenía todo el tiempo jugando de defensa central, así que se lo dije y no me llevó a México”, contó para FourFourTwo.

Poseedor de una velocidad de aproximación intimidante, Franco se transformó en el mariscal de un equipo que haría época con la llegada del polémico magnate Silvio Berlusconi.

En un país donde los niños no se abochornan por defender y reventar una pelota, Baresi supo ser el mejor de todos cuando de sacar el balón se trataba.

El exquisito olfato que tenía para leer los movimientos enemigos le hizo encumbrarse y alargar su carrera mucho más tiempo. Tuvo que jugar contra Maradona, Platini, Sócrates, Zico, Boniek, Elkjaer, Dirceu, Klinsmann, Altobelli, Sosa, Aguilera, Careca, Francescoli, Skuhravy, Laudrup, Völler, Rossi, Baggio, Conti, Serena, Batistuta, Del Piero, Edmundo, Vialli, Vieri, Asprilla, Zamorano y muchos monstruos más, a los cuales jamás temió y enfrentó con la espada desenvainada, saliendo ganador en infinidad de ocasiones.

Perfeccionó el pressing de un equipo inigualable dirigido por Arrigo Sacchi y afinó hasta el idealismo puro la posición de líbero. “Berlusconi acertó con Sacchi, y Sacchi tuvo el valor de revolucionar el futbol italiano e implementar una nueva mentalidad: la zona, la presión, el fuera de juego, la posesión. Era un estilo cautivador. Fuimos un referente para el futbol mundial”.

Fuelle, personalidad, liderazgo, técnica, visión periférica, potencia, rey de los espacios y los tiempos; ver defender a Baresi emocionaba por la entrega y su estricto control de calidad. Una fábrica de robos de pelota, barridas y coberturas que no se deshilachaban jamás.

Genio de la protección y el blindaje, que jugó 719 ocasiones con el número 6 del Milan en la espalda y que levantó 21 títulos como rossonero. Un hombre con tres Mundiales disputados donde fue primero, segundo y tercero.

Una roca de músculos y amor propio que supo levantarse de una fractura de meniscos contra Noruega en pleno Mundial 94, lesión que a cualquiera hubiera dejado sin esperanza de regresar dentro de un torneo corto. El pronóstico era operación y 60 días fuera. Sorprendentemente Franco, a los 20 días, entró al Rose Bowl de Pasadena portando el brazalete de capitán para enfrentar a Brasil en la Gran Final, un milagro de la ciencia se había concretado. “Conforme pasábamos de ronda encontraba mayor motivación para volver a jugar”, le comentó a Guerin Sportivo.

Sin embargo, no todo fue dulce para la muralla de Travagliato, porque en la tanda de penales erró su disparo. “Estaba un poco cansado, pero cuando fue mi turno estaba seguro de anotar. Pensé en lanzar la bola a la izquierda de Taffarel, pero al último momento cambié de idea y sabemos que cuando eso pasa, seguramente vas a fallar. Quedé muy molesto porque era mi última oportunidad para ser otra vez Campeón. Cosas del destino, de todas formas ellos en el juego fueron mejores”.

A Franco Baresi, heredero natural del Catenaccio, lo marcó la Naranja Mecánica del 74 y en especial Ruud Krol, el elegante y espigado defensa holandés. “Quería jugar como él lo hacía”.

Hombre de una sola camiseta, jugador de códigos y viejas costumbres que hoy suenan nostálgicas y para muchos inverosímiles.

Monolito añejado en las barricas del Centro Deportivo Milanello y degustado en los mejores campos de futbol del mundo.

Baresi, simplemente un general de armada que así se describe: “Era rápido y duro, pero mi mayor virtud siempre estuvo en la cabeza, en mi mentalidad. Algo que los golpes de la vida me dieron”.