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Hombre de hierro

Columna Christian Martinoli 15-12-2016

Paredes corroídas que dejan a la vista aquellas viejas capaz de pintura que en mejores épocas cubrieron las tapias. Calles oscuras, empinadas, con ligeros esbozos de luz natural que apenas gambetean los centenares de prendas colgadas de lado a lado que están a la vista de todos, sin rubor, sin sofoco, sin vergüenza.

Gritos, decenas de éstos, surgen libres por las ventanas mientras abajo el barullo interminable del barrio penetra los oídos como un taladro y el desorden ‘estético’ de las cosas le entrega un ligero sabor exótico al panorama. La escena podría lucir caótica para cualquiera, menos para ellos, los napolitanos, pero no cualquier napolitano, sino los oriundos del Quartieri Spagnoli, símbolo imperfecto de la vieja República Partenopea; sitio con solera, con historia profunda y con claroscuros que van desde la prostitución y la mafia, hasta la humildad del trabajador honesto, del fiel creyente de un futuro halagador y de la refrescante inocencia de los bambini jugando al Guardie e ladri (policías y ladrones).

Cuando Fabio nació en 1986, en su ciudad había un ‘Dios’ pecador que resguardaba los corazones de sus paisanos y distraía por lo menos los domingos los problemas cotidianos de la vida. Diego Armando Maradona jugaba con la 10 del Nápoles y desde el estadio San Paolo ofrecía liturgia.

Altares, pancartas, pinturas, esculturas, murales, camisetas, bufandas, llaveros, insignias, letreros o banderas con la imagen del capitán vestido de celeste formaban parte de la parafernalia de la ciudad. Maradona era el amuleto de defensa que tenían contra el opulento norte italiano, que dignificaba por lo menos con la pelota en los pies al desprotegido y vituperado sur de la Península. Como decía Eduardo Galeano: “Maradona, era el Dios sucio, el más humano de los dioses, porque es como cualquiera de nosotros. Arrogante, mujeriego, débil...¡Todos somos así! Estamos hechos del barro humano, así que la gente se reconoce en él por eso mismo. No es un Dios que desde lo alto del cielo nos muestra pureza y nos castiga. Entonces, lo menos que se parece a un Dios virtuoso es la divinidad pagana que es Maradona. Eso explica su prestigio. Nos reconocemos en él por sus virtudes, pero también por sus defectos”.

La familia Pisacane era una de tantas napolitanas que amaban a Maradona sin importar nada más; entonces el pequeño Fabio creció escuchando sobre las hazañas que Diego hizo sobre el campo de juego, hasta ser vencido por sus tentaciones.

“En mi casa son todos del Nápoles, pero yo soy de Boca Juniors por Diego”, le contó a la RAI alguien que jamás pisó Argentina, pero que luce un tatuaje del club porteño en el antebrazo izquierdo. 

Pasta y no mucho más había en la casa para alimentarse; la necesidad lo acompañaba como a los demás chicos del barrio. “Jugábamos a la pelota todo el día, eludiendo coches y cayendo sobre las calles empedradas, eso nos hacía olvidar las ganas de comer. Era bravo vivir aquí, pero estoy orgulloso de este lugar, de su gente y sus costumbres. Somos muchos honestos los que buscamos limpiar la imagen de la zona”.

Rocoso defensa central al que el tiempo lo mandó por el costado. Resistente, sabedor de sus limitaciones técnicas y muy orgulloso de sí mismo eran las virtudes de un pequeño futbolista que, como todos los demás, soñaba en grande. A los 14 años sus ojos cambiarían de horizonte, dejando atrás el Mar Tirreno para ahora observar el Mar de Liguria y vivir en la pensión del club Génova. La vida parecía encaminada rumbo al triunfo deportivo hasta que una mañana, dos meses después de llegar al ‘Grifone’, Fabio quiso levantarse para ir a entrenar y no pudo. 

“Me desperté, deseaba quitarme la pijama y no pude mover los brazos. Fue tremendo. Es como si usted hubiera querido tomar ahora el bolígrafo, su cerebro quiere hacerlo, pero la mano no responde”, le relató a El País.

Pisacane fue atacado por el Síndrome de Guillain-Barré, un trastorno que debilita el sistema nervioso, que no permite que las señales del cerebro lleguen adecuadamente a las extremidades y en el peor de los casos como el de Fabio, provoca parálisis. Los médicos del club no sabían lo que pasaba y tras pruebas de sangre, así como extracción de líquido de la médula, la noticia cimbró a todos cuando los doctores avisaron que no sabían si Fabio sobreviviría porque estaba empezando a tener problemas con los pulmones.

Fueron tres semanas en coma dentro de terapia intensiva y tres meses hospitalizado, los que pasó el menor de los Pisacane. “El tratamiento cada vez iba peor. Un día estaba bien y después en la noche me ponía muy mal. La cortisona fue la que me salvó la vida. Mi padre me ayudó en todo. Una vez le dije: ‘papá quiero salir de aquí aunque sea en muletas’ y el me respondía: ‘no te preocupes, de acá saldrás caminando’”. Los expertos en su momento no le daban esperanzas de regresar al futbol competitivo. 

Fabio debió volver a aprender a caminar, a ejercitar sus músculos desde cero y eso le llevó un año más dentro del tratamiento de rehabilitación. Cuando estuvo listo para poder patear de nueva cuenta un balón, milagrosamente volvió a las inferiores del Génova; sin embargo, antes de llegar al primer equipo fue cedido a entidades deportivas de Tercera y Segunda divisiones.

En un lapso de seis años, y con una operación de meniscos incluida, militó en el Ravenna, Cremonese, Lanciano, Lumezzane, Ancona y volvió al Lumezzane, donde se puso a prueba su estirpe.

Una tarde, el Director Deportivo del Ravenna, Giorgio Buffone, le llamó por teléfono para realizarle una propuesta indecorosa. “Me llamó porque me conocía por mi paso en aquel club y me dijo que su equipo andaba necesitado de puntos para poder conseguir el ascenso a la Serie B y me ofreció 50 mil euros para que perdiéramos el juego. Le dije que no, avisé al club y lo denuncié en la Federación y en la policía”, comentó para una entrevista en Tg3.

El dinero que le pusieron en la mesa era más de la mitad de lo que cobraba en un año y el lateral lo rechazó. El dirigente Buffone fue a la cárcel y el Ravenna perdió la categoría. A Fabio lo nombraron Embajador mundial FIFA para la legalidad. “Jamás podría haberlo aceptado (soborno), vengo de una familia honesta y el futbol me dio una segunda oportunidad, no podía defraudarlo”.

Pisacane se ganó los reflectores y se hizo un jugador confiable en la categoría de plata del complejo Calcio. El Cagliari, un cuadro “ascensor” del balompié italiano, lo fichó en el 2015 con el objetivo de regresar a la Serie A y lo consiguieron. “Siempre quise venir de vacaciones a Cerdeña y nunca pude hacerlo, entonces bromeaba con mi esposa que algún día jugaría en una equipo de la isla, pero jamás me imaginé que lo haría con el único de la región que aspiraba a Serie A”, contó entre risas cómplices durante una conferencia de prensa en pretemporada. 

Las miradas voltearon a la escuadra ‘Rossoblu’ cuando el 18 de septiembre, contra el Atalanta, Fabio Pisacane debutó a los 30 años en la Primera División italiana. Fue victoria de 3 por 0, pero lo importante fue verlo gozar del juego y de escucharlo al final del encuentro. “Cumplí lo que quería y disfruto de este momento. Ya está. Estaba pasando lo imposible pero, por la gracia de Dios no podía acabar así. Hoy el destino ha estado de mi lado”, declaró muy emocionado, pero mientras el reportero le seguía preguntando, él se conmovía aún más entrecortando sus palabras y escurriendo lágrimas. “Mira, éste fue un día... cuando me enteré que podía jugar fue quizá el jueves o el viernes, han sido dos días donde pensé en todos los momentos más feos, pero... espera... (llora); son cuatro meses que pensé noche y día en este momento. Pensé en todos los problemas que he tenido, pero nunca me rendí, nunca me rendí ni un segundo... (vuelve a llorar desconsolado y termina la entrevista disculpándose)”.

Así, Fabio regaló sin duda el mejor momento dentro del futbol italiano en el 2016, con su historia de vida y superación, mandando un mensaje al mundo como lo recuperó Eleonora Giovio, para El País: “Nunca tiré la toalla. Recuerdo que lo primero que le dije a mi padre cuando empezó la parálisis fue: ‘Si no puedo jugar al futbol, mejor que me muera’. Era un niño de 14 años. Ahora con 30, pienso que la vida es un bien tan valioso que no se compara con ningún deporte ni con ninguna cosa material. Amo la vida porque me ha dado cosas más importantes que el futbol: mi mujer y mis dos hijos. Hoy juego para que estén orgullosos de mí. No soy ni Cristiano, ni Messi, ni tengo su trascendencia, pero sí me gusta hacer llegar un mensaje para todos los niños que me ven desde casa”, palabras de Fabio Pisacane, una persona que de joven eludió la muerte, le ganó a su cuerpo y a las estadísticas para volver a creer en su sueño. Un tipo íntegro, un hombre de hierro.