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La La landia...

Caballero 10-09-2017

He escuchado a lo largo de la semana que hoy concluye, múltiples expresiones alusivas a esa peculiar forma de rendir un informe de resultados a la Nación, que ante la imposibilidad de hacerlo en el Congreso de la Unión, a fin de evitar a toda costa la crítica de los integrantes del mismo, el Ejecutivo Federal organiza una fastuosa ceremonia para el autoelogio, la complacencia y el aplauso garantizado de aquellos que él mismo calificó como “su porra”. Un total de mil quinientos invitados, entre secretarios de estado, miembros de las fuerzas armadas, directores de las empresas paraestatales, gobernadores, diputados, senadores, ministros, magistrados y jueces del Poder Judicial Federal y local, personal diplomático acreditado en nuestro país, líderes sindicales, amigos y empresarios, todos seleccionados con rigor absoluto a fin de garantizar que no hubiere otra interrupción que la provocada por el aplauso “espontáneo” de los elegidos a asistir a esa ceremonia gubernamental.

Un informe que no admite ni crítica ni respuesta institucional a cargo de otro representante de los poderes de la Unión, arropado por una intensa campaña publicitaria, de la que muchos mexicanos han expresado su deseo de vivir en alguno de esos “spots”, porque la realidad cotidiana en nada se parece a aquella que se describe en cada anuncio publicitario, cuidadosamente producido por la agencia de la casa presidencial. Un país que tiene dos millones de pobres menos, a decir del CONEVAL, pero que enfrenta la inflación más elevada de los últimos 20 años, y en donde de los más de 200 compromisos firmados ante notario por quien en ese entonces era candidato a la presidencia de la República, más de la mitad aún se encuentran lejos de llegar a cumplirse. De ello no se dio testimonio alguno durante la ceremonia presidencial. La pregunta que uno no puede dejar de formularse es, ¿por qué si estamos tan bien, entonces estamos tan mal? No cabe duda que vivimos en un país que ni las películas hollywoodenses describen en sus maravillosas historias de ficción.

Y vaya, para ridículo monumental el protagonizado por el poder legislativo, tanto en la cámara de senadores como en la de diputados hace apenas unos días. En ambas, el comportamiento de los legisladores fue vergonzoso, a la par de los partidos políticos involucrados en este penosísimo episodio de lucha descarnada por el poder, y en donde se evidenció, una vez más, que, por encima del interés nacional, prevalece el particular, sin importar el daño que se le haga a una institución tan devaluada como lo es la del poder legislativo. Son tan cortos e improductivos los periodos de trabajo que resulta inadmisible que sus integrantes, en lugar de ponerse a legislar, lo dediquen a la grilla barata, aunque para muchos de ellos, esto sea una forma de hacer “política de altura”.

Hoy, México tiene un innecesario enemigo de alcance nuclear. Expulsar al Embajador de Corea del Norte, un hecho inusual en la diplomacia mexicana, sólo puede ser producto de la decisión de un aprendiz, o de la instrucción directa de nuestro vecino del norte. Me inclino por lo último. Una decisión de la que podemos salir muy mal librados.

Nota adicional

En mi colaboración denominada ‘Y ahora, ¿quién podrá defendernos?’ afirmé que el INE operaría en defensa de los chapulínes, echando para atrás la tan sonada reforma estatutaria priísta, que prohibiría a los dinosaurios de ese partido poder ocupar en forma sucesiva otro cargo de elección popular en la modalidad de “plurinominal”. Motivo de sospecha lo era la tranquilidad con la que los principales destinatarios de la misma la aceptaron en la asamblea de ese partido, sabedores de que con Don Lorenzo al frente del INE, esa prerrogativa jamás sería votada favorablemente. Y así sucedió. Hoy, esa restricción es absolutamente inexistente.