Le Petit Prince
Metz, Auxerre, Lyon, Sochaux, Saint-Étienne, Nancy-Lorraine y Montpellier, sólo por la ley de probabilidades o hasta por casualidad no podían estar equivocados, ya que todos coincidieron en que Antoine no tenía la estatura suficiente para trascender en las inferiores de sus clubes y, por lo tanto, el sueño de jugar al futbol profesional debía desvanecerse para el pequeño rubio de Macon, un pintoresco pueblo incrustado en la Borgoña, cercano a Lyon.
“Pues siempre me comentaron lo mismo, que regresara en un año o dos, quizá me decían eso para no indicarme con dolor lo malo que era como jugador, no lo sé”, se ríe en entrevista para L’Equipe.
En realidad la pasó mal porque en verdad quería jugar al futbol y no cesaría en su intento por lograrlo.
Su padre Alain, trabajador del Ayuntamiento, le adaptó un espacio detrás de la casa para que jugara basquetbol y futbol, ahí pasaba interminables tardes juntos a sus amigos y hermanos, mientras Isabelle, la madre, trabajadora social en el hospital local e hija de un exfutbolista portugués, lo perseguía para que terminara las tareas.
Tanto era su sueño de trascender con el balón que en las últimas páginas de los cuadernos escolares se dibujaba orgulloso y triunfador, siendo entrevistado por los reporteros de Canal Plus, luego de algún ficticio triunfo de su equipo, el Olympique Lyonnais.
Quería ser como el talentoso Sonny Anderson, aquel brasileño sin tanto reflector mundial que comenzó a escribir historia de la grande con el Lyon, cuadro que durante siete años consecutivos destrozó la Ligue 1 y se convirtió de paso en un conjunto frontal y descarado que varias veces hizo penar al Real Madrid en la Liga de Campeones de Europa.
“Mi padre me llevaba a casi todos los juegos de Champions en el Gerland. Era fascinante ver trascender a ese equipo, algo a lo que no estábamos acostumbrados por la zona”.
Zurdo natural, de gran velocidad, jugador de conjunto y dueño de una mentalidad ultrapositiva; sin duda, éstas serían cartas interesantes para un joven que no era el mejor en su equipo, pero que no paraba de correr y ejecutar a la perfección las instrucciones del entrenador en turno. Cierto, le faltaba fuerza para el choque y la pelota dividida, pero tenía habilidad para escapar a la marca y un sentido agudo para poder cabecear a pesar de las distancias físicas con sus rivales.
En casa nadie le negaba la posibilidad de seguir adelante, a pesar de que varias veces pensaron que se agotaría de ser rechazado.
Fue en un torneo en París, cuando ya tenía 13 años, que probando fortuna con la escuadra juvenil del Montpellier estuvo a la hora justa en el momento adecuado.
“Ni siquiera era titular, al final jugué los últimos 10 minutos y al terminar el juego arrancó la aventura más grande de mi vida”.
Eric Olhats, visor en Francia de la Real Sociedad, venía aterrizando de Buenos Aires cuando lo invitaron al certamen juvenil. Apenas estaría unas horas en París y no dejó pasar la oportunidad de apreciar nuevos talentos.
“Me bastaron esos 10 minutos para saber que el chico tenía potencial. Realizó grandes gestos técnicos cuando tenía la pelota. Esa técnica, esa fluidez y esa facilidad en el juego me encandilaron. Pensé que si evolucionaba físicamente a lo largo de los años, podría convertirse en un jugador interesante”, recapituló Olhats para lainformacion.com
Antes de llegar con la familia, investigó si el Montpellier se lo quedaría y al momento de ver que no existía mucho futuro con el club sureño, le lanzó la temeraria propuesta a los Griezmann.
Básicamente consistía en sacar del hogar al adolescente de 13 años, llevarlo a un rincón de Francia pegado a España, vivir en la casa del entrenador, es decir, un desconocido, y jugar para el club de San Sebastián. Una locura que Isabelle no estaba dispuesta a soportar, pero a la que Antoine no le veía problema.
“Se fue siendo un crío a la Real Sociedad. Su madre no quería, decía que era muy pequeño, pero él se fue convencido, quería ser futbolista profesional y estaba dispuesto a todos los sacrificios que fueran necesarios”, destacó Alain para Mundo Deportivo.
Las leyes francesas no permitían que un chico bajo tutela gala estudiara fuera del país, así que si aceptaba la desgastante oferta, debería vivir en Bayonne, justo en la emblemática costa atlántica, al lado del opulento Biarritz, para trasladarse una hora todos los días a la cantera de Zubieta, a practicar con el club donostiarra.
Fueron meses complejos, con problemas básicos como el idioma y las costumbres vascas. Litros de lágrimas se desparramaron en aquel cuarto de cuatro por cuatro que diario alimentaba su ansiedad de trascendencia, pero que varias veces se transformaba en una celda sin llave.
“Cada vez que regresaba de vacaciones era volver a empezar, extrañaba a su familia y lloraba mucho. Por eso cuando pudo debutar en el primer equipo jugando la Copa del Rey fue un bálsamo, un premio a la persistencia”, relató su descubridor.
Seis años vivió bajo el yugo de Olhats, travesía impensada y desorbitante que logró aterrizar sin abolladuras.
Una vez asentado en el plantel mayor, el técnico uruguayo Martín Lasarte y el atacante Carlos Bueno, también charrúa, arroparon al francés.
“Me enseñaron todo lo rioplatense; a tomar mate, comer dulce de leche, a hacer el asado, a escuchar su música, incluso se me contagió el acento y sus palabras. Carlos me hizo fanático de Peñarol, cosa que a Martín le molestaba porque él es del ‘Bolso’ (Nacional)”, desprende en una charla para la televisión uruguaya.
España se deslumbró con el chico francés que jamás había debutado en su país natal y que formaba parte de las inferiores de un club alejado hace rato de los grandes escenarios de cabotaje.
Del otro lado de Los Pirineos se preguntaban unos y otros cómo había sido posible no ver semejante talento en casa. Posiblemente muchos no lo recordaban o habrán asegurado que no era tan bueno cuando lo observaron probarse.
Al final se hizo de un lugar en el rancio club Txuri Urdin y el llamado a la selección no tardó en arribar.
Con las mangas largas, ‘a lo Beckham’, como suele decir, sus contundentes actuaciones las decoraba con hilarantes celebraciones que iban desde bailar como rapero, pasando por lanzarse clavados a la nieve del duro invierno vasco, hasta meterse en un coche estacionado en la pista atlética de Anoeta.
Griezmann se transformó en un símbolo blanquiazul que jamás dejaba de sonreír y gozar. Porque los que trabajan a su lado coinciden que dentro de la cancha jamás tiene presión, sólo disfruta del juego como si se tratara de aquellas tardes en la parte trasera de su casa.
“La presión y nerviosismo es en la previa. Digamos que forma parte de la ansiedad por querer salir al campo a jugar. Después tocas la primer pelota y ya está”.
Los millones retumbaban a las puertas del club y el murmullo de su salida rondaba por toda la playa de La Concha, centro neurálgico de San Sebastián.
Las noticias eran buenas en lo económico, pero la pérdida futbolística sería desgarradora para un club que había colocado al ligero atacante francés a la altura de próceres como López Ufarte, Arconada, Bakero, Satrústegui, Kovacevic, Kodro, Xabi Alonso o Xabi Prieto.
Fue el Atlético de Madrid quien lo adquirió, deseando continuar con la sana costumbre que recientemente habían dejado en ese sector del campo colchonero Torres, Forlán, Agüero y Falcao.
El formato de Simeone le complicó la existencia y lo llevó a sobrepasar sus límites.
“Acá no sería la estrella sólo por nombre. Me hizo entender que debía correr igual que los demás y luchar por la recuperación de la pelota”, comentó para Marca.
Sabedor que con el Cholo el esfuerzo no se negocia, Griezmann comió banca un rato, pero cuando frotó la lámpara jamás el genio se esfumó.
La tarde que visitó por primera vez Anoeta los recuerdos le llenaron el alma; sin embargo, como gran profesional, no vio cariño de por medio y ajeno al titubeó anotó sin celebrar. “Jamás voy a celebrar un gol contra la Real. Es el club que confió en mí y me dio todo”, fueron sus contundentes palabras repletas de memoria al término del juego.
Curioso es que la gloria final le ha sido esquiva, ya que sólo consiguió el ascenso a Primera en su primer año con la Real. Después perdió la Champions en penales contra el Madrid, donde falló un cobro durante el tiempo regular y aunque marcó dentro de la tanda definitiva, el yerro de Juanfran culminó con sus aspiraciones. Misma fórmula le pasó con la selección de Didier Deschamps, que como gran favorita contra Portugal sufrió una derrota impensada durante la última Eurocopa.
“Fue muy duro y difícil vivir en los días posteriores, pero siendo muy importantes ambas finales para mí, la que más me dolió fue la de la Champions, porque tuvimos dos semanas para prepararla y te montas una película mental sobre cómo vas a celebrarlo con tus amigos, y al final se nos escapó por penaltis”, recordó para GQ España.
Llamado a ser junto con Neymar uno de los herederos de Messi y Cristiano Ronaldo, Griezmann es ya toda una realidad en el concierto internacional, su tenacidad y paciencia son interminables y no dudemos que dentro de muy poco pueda obtener los títulos que siempre soñó.
En su icónica obra Le Petit Prince, que le da el apodo a Griezmann, Antoine de Saint-Exupéry escribió: “C’est une folie de haïr toutes les roses parce que une épine vous a piqué, d’abandonner tous les rêves parce que l’un d’entre eux ne s’est pas réalisé, de renoncer à toutes les tentatives parce qu’on a échoué...”
(“Es una locura odiar a todas las rosas sólo porque una te pinchó. Renunciar a todos tus sueños sólo porque uno de ellos no se cumplió, desistir de todos tus esfuerzos porque uno de ellos fracasó…”).
Otro Antoine, un chico despierto de Borgoña, también leyó como buen francés el texto que conmueve a millones de personas y seguramente de ahí se motivó, creyó, insistió y logró cumplir aquellas fantasías que dibujaba en las destartaladas hojas finales de sus cuadernos, donde se ilusionaba con ser jugador de futbol profesional, sin darse cuenta que en realidad iría más allá de sus alcances, hasta convertirse en el otro ‘Principito’ inspirador de masas.