Legatario
La adrenalina que recorre sin parar su cuerpo se desgastaba bajo el intenso sol del campo uruguayo. Todos los veranos desde que era pequeño la familia de Diego, un chico rubio de Canelones, lo encargaba en las mañanas con amigos dueños de una chacra, por un lado para mantenerlo entretenido y, por otro, para que ayudara a recolectar uvas, peras, manzanas y ejotes. “Era duro, pero me lo tomaba en serio, al final del día me pagaban y eso me servía para mis cositas” recordó para El País.
Muchacho pulcro y educado, varias veces fue premiado como el abanderado de la escuela, fue elegido como el mejor amigo en su grado, los maestros aplaudían su ahínco con los estudios y detectaban en él un carácter recio, pero justo. Su estatus lo hizo ser becado y desde joven se apartó del resto transformándose en un macho alfa de la manada.
“La pasaba bien el Liceo, me gustaba estudiar pero al momento de la recreación sólo pensaba en jugar futbol”, cuenta hoy, un personaje que en las tardes despejadas aprovechaba con sus amigos del colegio para subir al techo de la escuela y desde ahí tomar mate mientras disfrutaban de los atardeceres hablando de la incipiente vida que llevaban de manera feliz y del prometedor e idealista futuro con el que soñaban.
Diego Lugano, ‘Tota’, como su padre Alfredo, defensa central amateur y capitán del Libertad de Canelones, solventó su vida con el trabajo pesado en medio de maquinarias agrícolas y desde la resequedad de su personalidad le inculcó a sus hijos el respeto por la tierra que los vio nacer, la fuerza de voluntad, el esfuerzo colectivo por encima del individual y el amor propio.
El futbol era su pasión pero jamás pensó en hacerlo su modus vivendi. Había terminado la educación preparatoria y cuando apuntaba para estudiar contabilidad, se le cruzó una llamada del Club Nacional de Montevideo. La gente del ‘Bolso’ había recibido buenos comentarios de su juego y lo invitaron a unirse al equipo.
“La verdad estudiar y jugar se me complicaría bastante, así que decidí darle una oportunidad de lleno al futbol, probar un rato y ver qué pasaba, total, ya que par retomar los estudios podría hacerlo en cualquier momento de mi vida”.
Poco protagonismo dentro de uno de los gigantes de la República Oriental del Uruguay, lo hicieron pasar al humilde Plaza Colonia, donde agarró cancha y comenzó a despuntar.
Tanto así que sorpresivamente el Sao Paulo lo compró. “Si en Uruguay no me conocían, menos en Brasil. Cuando llegué la pasé mal. En la presentación casi me voy a los golpes con un periodista que me preguntaba, ¿Cómo te llamas?, ¿quién eres?, ¿cómo piensas triunfar en Sao Paulo, si ni siquiera pudiste en Nacional? Me volví loco. Además el que me trajo fue el presidente y no el entrenador”, contó en Por la camiseta.
Meses complejos para un hombre de mirada psicópata y espíritu guerrero que sólo la pelota fue capaz de blindar.
Sin embargo, el juego paulista alejado del duende y firulete carioca se adaptaba mucho más a sus condiciones. Futbol de mayor ritmo, vertical, de pelota divida y permisivo para la pierna fuerte, ahí fue donde Diego se ganó un nombre y se transformó tres años consecutivos en el único extranjero del cuadro Saopaulino y en el número dos del vestuario detrás de la leyenda con guantes Rogerio Ceni.
Ganó todo, campeonato Paulista, Brasileirao, Libertadores y Mundial de Clubes. Fossati lo llevó a la selección y desde la primera ocasión hasta la número 95 siempre fue titular en la Celeste, portando el gafete de Obdulio Varela, durante 10 años.
“En Brasil se juega diario y se concentra siempre, dos tercios del año estás en un hotel. Cuando Fossati me convocó, me pidió estar nueve días antes para que me conocieran los muchachos. Pedí permiso especial con el presidente y con Rogerio, les dije que quería ir sí o sí con la selección y que si no me dejaban salir con tanta anticipación renunciaba el club”.
La vida en Sao Paulo era dulce para el uruguayo; sin embargo, hubo un click que lo hizo salir de la zona de confort. “En un partido en Morumbí, metí cualquier cantidad de patadas. La gente me celebraba todo. Mi padre que estaba en la tribuna me dijo al final que había jugado muy mal y que me había equivocado con la táctica empleada. Fue contundente como siempre: ‘Diego, acá ganaste todo y la gente te festeja cualquier cosa que hagas, es momento de que te vayas del equipo porque todo puede terminar muy mal’”, explicó para la televisión de su país.
El témpano de sentido común trasladado de padre a hijo, hizo que Lugano bajara de la nube y abriera el espectro, aceptando la exótica oferta del Fenerbahçe turco.
Su llegada fue clamorosa, el capitán de la selección uruguaya jugaría para el cuadro grande de la parte asiática de Estambul. Si en Sao Paulo lo adoraban por lo ofrecido en el campo, en Turquía lo amaban desmedidamente tras sólo firmar un papel con Los Canarios.
“Me pusieron tres traductores, jamás tuve la necesidad de aprender el idioma, cosa de la que me arrepiento; me trataron junto a mi familia de manera espectacular, sólo que no podía poner un pie en la calle, porque la gente se venía encima. Son demasiado pasionales”.
Pasión que puede ir para cualquier lado, como aquella noche de mediados de 2010 en donde jugando de local, Fenerbahçe necesitaba ganar el partido contra el Trabzonspor y que el Bursaspor perdiera puntos ante el Besiktas para ser campeón de la Superliga otomana. Pero cuando todo parecía fiesta, el evento terminó en pesadilla.
“Nosotros fallamos goles increíbles, estábamos empatados. De pronto el sonido local dice algo, obvio que yo no entiendo y la gente ruge de felicidad. Después me enteré que comentó que el Bursaspor había empatado a 2 y que había terminado el juego. Eso nos gritaban desde el banco de suplentes, es decir, que no necesitábamos ganar para dar la vuelta olímpica, por lo que los últimos cinco minutos hicimos tiempo y dormimos el juego”.
Al finalizar el juego el ardiente público invadió el campo festejando con sus héroes ya que ese día se convertían en el equipo más ganador de Turquía por encima del odiado rival Galatasaray, pero algo cambió...
“Me tenían en andas cuando vuelve a hablar el tipo del sonido local, yo no entendí nada. La gente me bajó, empezaron a gritarnos, algunos lloraban, otros se tomaban la cabeza y yo de inmediato fui escoltado por la policía al vestuario. El asunto es que el Bursaspor, no había empatado a dos, había ganado 2-1, pero el locutor, fanático desesperado del club, de la emoción vio el monitor del otro juego en donde pasaban la repetición del gol del Besiktas y pensó que era otra anotación más y que con eso habían igualado, precipitando su anuncio y digitando nuestro juego medroso y especulativo de los últimos minutos. La gente nos quería matar a todos. Salimos hasta las cinco de la mañana del estadio y el anunciador del club se fue del país refugiándose en Rusia, una locura”.
Diego abandonó Estambul luego de cinco temporadas al momento que el Fenerbahçe fue investigado por amaño de juegos, expulsado de la Champions y amenazado con perder la categoría en el balompié local.
Desde es entonces Lugano lució más con la escuadra charrúa que por sus ligeros pasos en el PSG, Málaga, West Bromwich, BK Häcken de Suecia y el Cerro Porteño.
Para el ‘Maestro’ Tabárez, la ‘Tota’, se convirtió en el buque insignia de una generación que fue capaz de regresar a Uruguay al lugar que su vieja historia le exigía. “Siendo semifinalistas en Sudáfrica, logramos que los chicos de nuestro país quisieran ser nuevamente ‘Cavani’, ‘Suárez’ o ‘Forlán’ y dejaran de querer ser ‘Messi’ o ‘Cristiano Ronaldo’. Se recuperó la marca país y el orgullo celeste se encumbró cuando ganamos la Copa América en Argentina”, dijo en Pura Química.
Personalidad pura e indomable, legatario de un futbol que fue y símbolo de uno que volvió de la mano de su liderazgo, fortaleza, intensidad y devoción por la celeste, pero sobre todo reforzada por la extrema calidad técnica de los que saben adelante, de esos monstruos que definen y ganan los juegos.
Lugano dejó la selección para darle paso a los últimos rasgos profesionales de su carrera con el querido Sao Paulo. “Pensé mucho en retirarme en mi país, pero al final sabía que lo haría en Sao Paulo, ellos me necesitan, ya que es un momento complejo dentro del equipo. Además después de lo hecho con la selección, muchos de nosotros no queremos que nos asocien a un club de nuestra nación, queremos que nos identifiquen siempre como aquellos que honraron la historia uruguaya por encima de los colores y las aficiones”.