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Llamarse Alfredo no es para todos

Llamarse Alfredo no es para todos

Alfredo Talavera no comete errores, porque le cuesta mucho equivocarse. Alfredo Saldívar se equivoca, porque le cuesta mucho ser Talavera. 

En esa paradójica dinámica transcurrió un Pumas vs. Toluca gobernado por el catálogo de aciertos de ‘Tala’ y una apocalíptica equivocación del ‘Pollo’.

Y así iniciaba el partido que confirmaba que llamarse Alfredo no es para todos: José Antonio Garcia disparaba de zurda hacia el guante de imán de Talavera; Palencia vestía un chaleco de mago, a prueba de asfixia. CU respiraba agitado. El sol estaba enojado.

Pablo Barrera filtraba una pelota de seda entre los centrales; Jesús Gallardo disparaba mordido y Talavera, de nuevo, atajaba con el reflejo como recurso. O como lujo. 

Toluca coltragolpeaba con dejos de gacela. Antonio Ríos terminaba con un disparo, por encima del travesaño, una escapada supersónica, que era un aviso de viveza, que después sería consumado. Era cuestión de tiempo para que el error encubriera el acierto…

Entonces, la sombra tenue de lo fallido abrazó y consumió Saldívar, que se disfrazó de René Higuita. Se escalonó como un tercer central y en la salida le regaló la pelota a Carlos Esquivel, que lo clareó desde afuera del área. El ‘Pollo’ cometía el pecado de la plurifuincionalidad del arquero que debe y tiene que saber jugar, aunque algunas veces no sepa hacerlo…

Pero en el futbol hay otros como Talavera que prefieren solamente atajar, atajar y atajar. En menos de 20 segundos, Alfredo rechazaba, manoteaba y tapaba tres balones hiperactivos. Pumas tenía prisa de gol. 

Inmerso en esa presión resuelta con altas cuotas de efectividad, ‘Tala’ extendía los dos brazos, en forma de alas, y rechazaba, otra vez, un envío angulado de Gallardo. De pronto, sus atajadas tenían algo de angelicales. Britos también lo comprobaba, en un mano a mano, que parecía más un permiso rechazado.

“El portero siempre tiene la culpa”: Eduardo Galeano. En realidades contrapunteadas, Talavera y Saldivar la tuvieron. Uno fue responsable del triunfo; otro del descalabro. Y continúa Galeano, como si viera el partido desde el cielo: “Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición”.