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Mapuche

Columna Christian Martinoli 16-06-2016

Cielo abierto, tierra inhóspita para el intruso, tanto que nadie pudo con ellos, ninguno logró domar su espíritu y temperamento. Los incas lo intentaron y también los españoles, pero ambos salieron con la cara al suelo. Pensaron que sería fácil absorber un espacio que no era llano como el cercano al Pacífico y que no manejaba el altímetro de los Andes; sin embargo, jamás supieron descifrar la fiereza, la organización táctica y la excelsa monta de una comunidad austral que orgullosa arrima la mirada hacia la Patagonia. Los mapuches son los reyes de Chile, de todo lo que apunta al sur de Santiago, una raza heroica, dura, bélica y sin límites que supo también cruzar las montañas para asentarse en Argentina. Su influencia es tal en suelo andino, que O’Higgins, el libertador, tomó como inspiración la insignia que el cacique Lautaro, enarbolaba en sus batallas, una bandera de fondo azul con una estrella blanca de ocho picos, dicho emblema después mutaría en la enseña chilena.

Pudieron más las enfermedades traídas del Viejo Mundo que las armas de sus soldados; no obstante, en la actualidad la potente sangre araucana sigue corriendo fuerte por ocho por ciento de los chilenos. Como Marcelo, hijo de Rosemberg y Alicia, un mestizo y una araucana de cepa, comerciantes de Temuco. Marcelo odiaba la escuela y sólo pensaba en jugar futbol; únicamente dejaba la bola un rato en las tardes cuando iba a la panadería de su abuelo Juan, un militar retirado que dedicó sus últimos días a vender el sagrado alimento y que le contaba las historias de Calfucurá un cacique mapuche que supo cruzar las montañas para desarrollarse al este de la cordillera, en las estepas patagónicas.

Desde muy chico jugó en clubes locales hasta que una tarde la gente de Deportes Temuco, contactó a su padre, Marcelo se ilusionó y obvio la familia también, porque incluso se dijo le darían facilidades para seguir estudiando y le pondrían un tutor para que mejorara el aprendizaje; sin embargo, cuando fueron a las oficinas, éstas estaban cerradas y jamas nadie les dio una explicación al respecto. Un representante se acercó asegurando que tendría una prueba en Colo Colo, pero tampoco se concretó, por ello una noche cuando tenía 15 años, sin avisar, tomó un dinero ahorrado por lo mandados que hacía en la panadería y agarró un camión que lo llevaría 700 kilómetros al norte, a la capital, a probar suerte. Hincha de la “U”, se presentó a las puertas del club Universidad de Chile, explicó su peculiar arranque de independencia, hizo una prueba y a los 10 minutos fue aceptado, después vino la llamada telefónica, el regaño candente de su madre y la posibilidad de extender las alas en la gran ciudad.

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