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Mil veces América

Columna Felipe Morales 13-04-2017

El Estadio Azteca se perfumaba. En Santa Ursula, una sensación de gala se asomaba. Sus porterías se vestían de red, su pasto se peinaba. El América cumplía mil partidos en esa cancha. Su pasado le demandaba una victoria, que después sería cristalizada contra el Necaxa.

Marco González remataba de cabeza a menos distancia de la portería que la que conservan dos enamorados, pero todo lo desbarataba la pierna encelada de Agustín Marchesín. También atajaba el recuerdo de Zelada.

Diego Lainez tenía la cabeza rapada, la gambeta afilada y la novatada consumada. Antonio Carlos Santos lo acompañaba en cada cabalgata.

Arlindo disparaba desde el recuerdo para hacer el primer gol en el Azteca; el presente no se enteraba. La contundencia no oía ni hablaba.

Michael Arroyo desperdiciaba dos invitaciones hacia el gol hechas por unos tiros libres inconclusos. Necaxa respiraba mientras más se replegaba.

Las butacas alzaban sus brazos con el gol de media cancha de Carlos Reinoso; pero (aún) no aparecía el ‘Hermoso'.

William da Silva disparaba de zurda, desde 45 metros, y a Marcelo Barovero no se le movía ni un cabello; La Volpe manoteaba y reclamaba, su bigote enfurecía; Sosa tomaba una siesta de pie. El partido dormía.

Edson Puch disparaba una falta con la fuerza de una rama; Necaxa soñaba con que el partido se acabara.

Una rabona de Edú era la ilusión no rematada. Enrique Borja y Cuauhtémoc Blanco se asociaban. Moisés Muñoz apretaba los puños en algún festejo, que ayer se extraviaba en un cabezazo de Pimentel y su inoperancia.

Micky Arroyo driblaba y burlaba. Dos bicicletas le bastaban. Así ingresaba por izquierda, derramando defensas como agua; Barovero desviaba y al fin Peralta remataba de cabeza. Arroyo y su jugada patentada. Oribe y su ubicación acostumbrada.

Espíndola cabeceaba en la última jugada; Necaxa pretendía lo que no merecía. El América ganaba. El Estadio Azteca y su partido mil de amarillo se iban a la cama.