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Mundo cuadrado

Columna Christian Martinoli 1 de septiembre de 2016

Las 26 cuadras que tiene Necoclí dan al mar, pero en la dirección contraria se esfuman de a poco rumbo a la peligrosa sierra, esa maraña verde e interminable que rellena gran parte del territorio colombiano y que durante años ha servido como refugio de narcotraficantes y paramilitares que a la hora de apretar el gatillo han transitado sin remordimientos. 

Juan, de casi cinco años, vivió la tragedia de cerca cuando su padre Guillermo murió. Una bala perdida terminó con todo. Era un repartidor de refrescos que manejaba el camión por distintas partes del norte antioqueño; un hombre serio, cuentan, que sabía perfectamente sobre la inseguridad a cada costado de las escuetas rutas rurales que transitaba a diario. 

En casa, Juan tenía una regla dictaminada por su propio progenitor, que rezaba más o menos así: “Óigame, si escuchamos un ruido de inmediato nos tiramos al piso y nos escondemos, entendió”, le dijo decenas de ocasiones al pequeño del hogar.

Por eso aquella tarde, ‘Neko’, como le decían en casa, no dudó en lanzarse debajo de la cama y esperar a que los ruidos desaparecieran, no fueron muchos los impactos que se oyeron, todo culminó rápido; sin embargo, aquel sería unos de los momentos que el pequeño Juan jamás olvidaría. 

Sin jefe de familia que traer alimento al hogar, Marcela se enroló como recolectora de plátanos, en las bananeras de Apartadó, un municipio relativamente cercano a Necoclí. El tiempo no le daba para estar cuidando a Juan y el dinero llegaba disfrazado en escasas monedas. 

Para ese entonces su único hijo vivía de forma momentánea con los abuelos y el futbol era la escapatoria ideal para apaciguar recuerdos y disminuir la presión por los libros del colegio. 

Rápido, escurridizo y muy hábil eran las características que lo hacían diferente con la pelota en los pies, aunque le criticaban mucho porque casi no pasaba el balón; sin embargo, el cuerpo lo traicionaba, casi no crecía y los  músculos no tocaban a su puerta. 

El club Manchester de Apartadó fue el refugio idóneo para él, ahí apreciaban sus condiciones más allá de su estructura ósea y seguían al pie de la letra las exigencias que pedía Marcela con las notas escolares. “No hay buena calificación, no hay entrenamiento”, le solían repetir en el equipo. 

La tensión social cotidiana en la región provocó que su madre optara por volver al pequeño Necoclí, para vender helados y vivir en casa con los abuelos; no obstante, los entrenadores del Manchester de Apartadó, en la subregión de Urabá, le ofrecieron cuidar de su hijo, alimentarlo e instruirlo en la vida, con la condición de que siguiera jugando con ellos, ya que veían un talento natural en el pequeño mulato de crespa cabellera que jugaba como atacante. 

La decisión fue dura e inimaginable, Marcela vería una vez por semana a Juan, dejándolo soñar con aires de grandeza dentro de un campo de futbol, cuando apenas tenía 10 años. Por ello no fue extraño que a los 13, el visor del Deportivo Cali, Nelson Gallego, pidiera autorización para llevárselo y criarlo como un hijo. “Le di de comer, le enseñé a comportarse dentro y fuera de la cancha, seguimos con sus estudios y aunque en el Cali jugaba poco, entrenaba duro y aprendía mucho”, le contó a El Tiempo. 

Nelson fue la imagen paterna que tanto le faltaba a Juan Guillermo Cuadrado, un chico callado, muy inquieto, excesivamente dedicado y obsesionado con ser futbolista.

Cercano a la mayoría de edad, lo llevaron a probar fortuna un mes en Argentina y tras pasar por Boca Juniors y un par de clubes del ascenso, no fue aceptado porque su edad era para entrenar mínimo en la reserva profesional y su cuerpo para jugar en juveniles. La ecuación no daba la impresión de ser correcta y no quisieron arriesgar plata en una apuesta demasiada arriesgada. 

Su tutor Nelson Gallego, primero fue contratado por el Bucaramanga y después por el Deportivo Independiente Medellín, el llamado “poderoso de la montaña”, luego de verlo jugar creyó en Juan y al poco tiempo no sólo entrenaba con el equipo principal del DIM, sino que debutó contra Deportes Quindío en el torneo colombiano de Primera División. 

Con apenas 30 partidos en el DIM, Udinese, un club italiano especialista en tomar jugadores jóvenes fuera del radar mediático, lo compró. En año y medio tuvo menos actividad que lo que había logrado en una sola temporada con el Independiente Medellín. “Ciudad fría Udine, con gente muy cerrada, me costó trabajo la adaptación, pero por suerte me prestaron al Lecce, un lugar al sur con público abierto y un mejor clima, ahí me solté”,  le contó al colombiano. 

Cuadrado estaba tan decidido a triunfar dentro del juego que en menos de cuatro meses ya dominaba el italiano, nada mal para un chico de 20 años que a regañadientes culminó la preparatoria.

La banda derecha la explotaba como pocos, generando actos circenses en cada avance e inclusive aprovechando el estirón físico que por fin su cuerpo había dado para defender. 

Desde Florencia se vieron sorprendidos por los números generados con el Lecce, por ello convencieron al Udinese de entregar su pase a préstamo con opción a compra y en la ciudad del arte, Juan Guillermo no dejó escapar una sola oportunidad de jalar reflectores con la camiseta viola de la Fiorentina. 

Las estadísticas logradas eran más las de un segundo delantero o un creativo, que las de un volante por derecha. Su juego eclipsaba al Calcio entero. Bicicletas, tacos, sombreros, amagues, zigzagueos, rabonas, de todo tenía el arsenal histriónico del cafetalero. Casi 30 goles y la misma cantidad de asistencias resultarían en una lucha del mercado por el ya elemento de la selección de Colombia. 

Desde Londres, el Chelsea pagó 35 millones por su pase, convirtiendo así a Juan en otra estrella más del firmamento futbolístico. Quién diría que aquel chico escuálido que no pasaba la pelota se transformaría en un ‘asistidor’ clásico con gambeta, desborde, visión periférica e inclusive gol.  

Elemento completo inalcanzable en la carrera que en Inglaterra le reveló su secreto a The Sun. “En el pasado tuve pesadillas en las que corría y corría, y una bruja estaba detrás de mí. Cuando estaba a punto de agarrarme, me despertaba. Por ahora todavía no me ha atrapado”, se ríe el jugador que promedia casi 12 kilómetros recorridos por encuentro disputado. 

Su carrera en la selección sigue firme, mientras que en la actualidad su ficha es del Chelsea, pero su amor europeo está en la Juventus, club al que regresará tras el poco impacto que generó su futbol en Londres. 

Cuadrado sigue siendo un chico humilde que cuando va a Colombia es feliz y no olvida sus orígenes, quizá por ello tiene una fundación con su nombre que trata de alejar a los niños y jóvenes de la droga y la delincuencia mediante la práctica del futbol y el teatro, asistiendo y asesorando incluso a los padres de familia. 

Juan Guillermo, aquel niño que creció sin papá y alejado de su mamá, ante la necesidad y el deseo de querer ser, hoy es el escudero preferido de James y juntos buscan con la mejor camada colombiana de jugadores desde la del ‘Pibe’ Valderrama, asestar un golpe de autoridad internacional que los consagre de manera definitiva en el duro arte de las patadas.