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No son las rotaciones

Columna David Faitelson 14-07-2017

No son las rotaciones. Es el 0-7 ante Chile y el 4-1 ante Alemania lo que marca la era de Juan Carlos Osorio en la Selección Mexicana. Pero, como nos suele gustar a los mexicanos, hemos generado toda una gran ‘telenovela’ alrededor del sistema que emplea el entrenador colombiano para buscar, quizás, un pretexto a la realidad futbolística que hoy nos acompaña.

Y la crítica ocurre y prevalece justo en medio del ‘imponente’ paso en esta Copa Oro y de la fortalecida y exitosa marcha en la eliminatoria de la Concacaf. Ninguna de esas situaciones; sin embargo, pueden ser distractores o espejismos de la meta más trascendente que tiene el futbol mexicano: acercarse y competir ante las grandes potencias de este deporte.

Algunos, suponemos o creemos que las rotaciones, la característica más vistosa del sistema de Osorio para dirigir, se ha transformado en un obstáculo para lograr la armonía futbolística que México no encuentra en la cancha. Osorio no piensa cambiar en ese sentido y las manecillas del reloj corren apresuradas hacia Rusia 2018. Ganarle a El Salvador, a Jamaica o a Curazao no tiene ningún significado en el crecimiento futbolístico que México pretende.

Pero está claro que el futbol, en México, es visto como un negocio y que no existe un equilibrio entre lo que propone la industria en temas económicos y en asuntos deportivos y que, al final del día, mientras las cuentas salgan, todo está bien. Decio de María ha ratificado a Osorio hasta el final de su contrato, aun, supongo, consciente de que no ha encontrado los resultados deportivos para los cuales fue contratado. En el futbol mexicano siempre se aplaude un sentido de continuidad y de la defensa de los proyectos. Sin embargo, queda pendiente y punzante la pregunta de que si en realidad se están dando los pasos adecuados o si, simplemente, se está cuidando un negocio.

Las rotaciones, las famosas rotaciones, nadie, que yo sepa, tiene algo personal contra ellas, al contrario, de algún modo, fomentan la competencia interna y mantiene fresco al equipo en cuanto al desgaste físico. El problema es que cada vez que México sale a la cancha -salvo por algunas pocas excepciones en minutos o parajes de ciertos juegos- no parece existir una comunión, un entendimiento ni tampoco un funcionamiento apropiado. En defensa, la Selección de Osorio sufre por todas partes. En ataque, parece, casi siempre, faltarle ideas y profundidad. El entrenador no repite alineaciones y agrega una cuota de su propia personalidad: cambiar a jugadores de sus posiciones habituales y experimentar, mostrarse a sí mismo o a los demás que puede ‘inventar’ cosas sobre la cancha. A México se le nota, generalmente, desconfiado, descoordinado y alejado de una afinidad sobre el campo de juego. En la mayoría de los partidos, la Selección ha obtenido el resultado gracias a un factor individual que termina marcando la diferencia o gracias a la inoperancia y el bajo nivel que confronta en la Concacaf. Cuando ha salido a jugar contra otro nivel competitivo -Chile en la Copa América del Centenario o Alemania en la Copa de las Confederaciones- se ha encontrado con una vergonzosa actuación y con lo que parece ser su realidad futbolística.

No son las rotaciones, algunos suponemos que ése es el problema. Lo que le ha faltado a Osorio es que la Selección Mexicana juegue bien al futbol. Lo ha hecho por breves momentos y nada más y cuando ha sido probada al máximo nivel posible, ha fracasado.

Copa Oro sin oro

La Copa Oro se reinventa o desaparece. Puede que hoy siga siendo un buen negocio, pero tarde que temprano, terminarán agotando y matando a la ‘gallina de los huevos de oro’.

El nivel de la primera fase ha sido infame, con juegos aburridos y con poco sustento en la parte futbolística. Los ‘grandes’, México, Estados Unidos y Costa Rica no parecen haberle dado la seriedad que merecería el torneo. Hacerlo cada dos años es inútil.

Hay que espaciarlo a cada cuatro años y buscar, en el mundo de la globalización futbolística, invitar a selecciones de otras Confederaciones para que eleven el nivel competitivo. Así como hace un año hablábamos del gran éxito que significaba la Copa América en territorio de Estados Unidos, hoy estamos subrayando un fracaso y un evento que no nos llevará a ninguna parte. La Concacaf y las televisoras que generan el negocio deben entender que no pueden engañar permanentemente a los aficionados y que tarde que temprano, los estadios se quedarán semivacíos, los niveles de audiencia descenderán dramáticamente y los patrocinadores se alejarán. La Copa Oro como se juega actualmente no tiene ni presente ni futuro.