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Ojitos, salvador

Con una nómina muy discreta, Enrique Meza ha logrado impregnar su fórmula de múltiples toques, orden táctico y un juego digno, tomando en cuenta las facultades y/o limitantes que el propio plantel de su equipo tiene.

Puebla hoy respira más tranquilo en la eterna zona baja del cociente, que durante lustros lo ha aquejado, y luce como un cuadro con trabajo riguroso, sobre todo en el Cuauhtémoc. A tal grado que amaneció el sábado como sorpresivo líder de la competencia y arrastró un poco más el mal momento de Chivas.

Sin nombres rutilantes en la plantilla, salvo el experimentado Moisés Muñoz, mismo que desde que viste la franja azul ha dejado varias escenas lejanas a su nivel jerárquico; sin embargo, el cuadro camotero arrancó como ya está acostumbrado en la penumbra, pero ahora solventando encuentros con enorme entrega y posicionamiento táctico.

La frescura de Acuña, la fuerza de Cavallini y, por encima de ellos, la omnipresencia del boliviano Chumacero le entregan a la escuadra de la Angelópolis dividendos hace tiempo no vistos por aquellos lares.

Enrique Meza realiza milagros con lo que le den, sin ser exquisito ni tribunero, su conjunto va a muerte por cada pelota dividida y siente la obligación de dar pases fáciles, pero correctos, incluso desde la salida.

Cierto es que cuando van abajo en el marcador no pueden ni siquiera levantar la mirada, pero también es evidente que para meterle un gol a esta Franja es un tema de mucho trabajo para el rival.

Por el momento, la revelación del torneo es el equipo del Ojitos, viviendo en región clasificatoria, alejando los demonios del descenso y arrasando en casa. No sabemos cuánto más les dure esta inercia, porque, al final, el plantel es de los más cortos del balompié azteca; no obstante, hoy da gusto ver en las estadísticas a un equipo poblano arriba como hace rato no estaba y como su ciudad y su gente tenían acostumbrado verlo cuando en los 80 y 90 limpiaban a todos los que se atrevían a visitar el Cuauhtémoc.