Por cada aficionado al América, había 3 nuevos de Tigres
Al futbol es imposible observarlo sin el cristal de lo imprevisto. Mucho menos cuando la Final entre Tigres y América tuvo mucho de un electrocardiograma acelerado con picos frenéticos y violentos. Descontrolados, tensos.
No puede ser casualidad que en una noche de Navidad la pelota haya rodado envuelta para regalo con moños de agradecimiento, porque por cada aficionado al América había tres nuevos seguidores felinos, en un ejercicio de fidelidad distorsionado. Ayer se descubrieron también los alcances del odio.
En pleno 25 de diciembre se supo que el rencor no sabe de ceremonias ni días festivos. Mucho por la agresividad en el campo. Por las patadas y la miopía del árbitro, porque también por cada golpe lanzado, había un futbolista mal juzgado. Si al arbitraje en México le dieran un premio por malo, lo perdería por eso: por malo.
Todo lo que había que contar del balón, lo suplía aquella polémica estéril llena de calculadoras con las que algunos restaban y otros los sumaban futbolistas expulsados, en un partido que terminaría a puños con 18 en la cancha con cuerdas. Y la Navidad no era Navidad. Había muchas manos para que lo fuera…
Pero resurgió el futbol, desde su condición gobernadora tiempos exactos, que privilegian la eternidad de los elegidos. Edson Álvarez jamás viajaría de nuevo en El Metro con el gol del triunfo parcial que había hecho en pleno Centenario azul y crema. Si con ese tanto el América se coronaba, no merecía caminar nunca más en su vida. Llegaría cargado en hombros todos los días a Coapa.
Hoy no se sabe con certeza cómo arribará los lunes por la mañana a los entrenamientos, porque Jesús Dueñas le puso empeño a la modificación de los libros de la memoria, con un cabezazo asertivo, que tuvo mucho de martillo y otro tanto de demoledor intempestivo.
Ese gol tuvo barbas blancas. Fue un presente dedicatoria a los penaltis en el último segundo. Y en ese instante, la noche tenía otra vez algo de navideña. Si el futbol es la recuperación semanal de la infancia, en Navidad todos los felinos volvían a ser niños.
En sepia se observaban ya los lances del desterrado Moisés Muñoz. O los dos travesaños de Tigres o la lesión de Aquino o la plancha de Michael Arroyo o el gol que un plomero enyesado hubiera empujado, pero que Oribe Peralta envió a un costado. Todo se sintetizaba a un exacto momento bajo el marco vigilado por Nahuel Guzmán y sus guantes de imán.
El portero de Tigres atajó los tres primeros penales. Si se hubieran tirado 20, atajaba las dos decenas, porque lo estaba disfrutando con sonrisas que confirmaban que los estados de ánimo saben patear la pelota. Y el América estaba fulminado desde aquella daga que le había perforado las voluntades.
A Nahuel solo le faltó cobrar. Tigres es cinco veces Campeón del futbol mexicano y hoy, desde la abstracta manera de entender al futbol, la generalidad de la afición comprometió e hizo quedar mal a Juan Villoro. “Ningún partido se juega en Marte, pero si se jugara representaría la identidad de sus microbios”. Ayer la dispersa identidad se vistió de felina y hoy la generalidad de la afición de México celebra triunfos ajenos.
Al final, como hace 102 años en la Primera Guerra Mundial, cuando soldados alemanes e ingleses hicieron una tregua en Navidad y corrieron detrás de una pelota, en el Volcán también todo terminó en tregua. Con sus respectivas medallas de guerra, el futbol finalizó siendo un abrazo entre todos los futbolistas. El mejor regalo, al fin de la trifulca, fue el reconocimiento al rival…