Poseidón, Neptuno y luego Phelps...
Los corazones se detienen en el centro acuático de Barra de Tijuca. La patada poderosa con el empeine de un pie que alcanza los 35 centímetros. La última brazada que, extendida de mano a mano, sobrepasa los dos metros. No hay dimensiones sobrenaturales en él, pero sí alguna clase de supremacía que le permite avanzar por su carril, arrasando con los rivales, generando un surco en el agua como si llevase un ‘motor fuera de borda’ a casi 15 nudos por hora.
Los griegos le llamaban Poseidón. Los romanos le decían Neptuno. Nosotros le llamaremos Michael Phelps.
Y pasarán generaciones y generaciones y algún día diremos que vimos, que fuimos testigos del más grande nadador de la historia y quizá del más grande atleta olímpico que jamás hayamos imaginado. Michael Phelps ha vuelto a salpicar de gloria, esta vez en la piscina de Río, a sus 31 años de edad, en sus quintos Juegos Olímpicos y justo cuando el tiempo y la voracidad se parecían perdidos para siempre.
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