Reggae Boy
Kingston no está ni cerca del paraíso que los folletos turísticos que Jamaica le muestra al mundo; ahí se habla de playas exóticas, mar turquesa, arena blanca, exclusividad, paz y diversión. Básicamente se refieren a Montego Bay, uno de los puntos más alejados al erosionado puerto y capital de la isla, una ciudad poco tolerante, dura; ahí las cosas cuestan lágrimas y la droga envuelve cada esquina. Un sitio donde andar a pie cuando el sol desapareció es considerado un deporte extremo.
Robert, aunque todos le decían ‘Bob’, era un pequeño de familia campesina arrumbada en Nine Miles, un diminuto sitio en plena sierra brava. Su padre, Norval Marley, un marinero inglés de raza blanca, se casó muy joven con Cedella, una chica humilde de origen ghanés nacida en el Caribe, luego de que sus padres fueran traídos como esclavos desde África. La presión por parte de los abuelos británicos era tanta para que Norval disolviera su matrimonio, que un día desapareció cuando ‘Bob’ tenía cinco años. De su progenitor sólo supo un lustro después cuando éste falleció.
Quizá el único lazo que dejó atado en el inconsciente del mulato niño fue el amor por el deporte que los ingleses se ufanan de haber inventado: el futbol. No importaba que en la irregular e intransitable superficie al lado de la pequeña choza donde creció, el desgajado balón no corriera con dignidad, porque a ‘Bob’ le gustaba levantar la cabeza y empezar a dominar de a poco la pelota, soñando con ser como el joven brasileño sensación Pelé, ese chico del que hablaba la radio que recién había sorprendido al planeta ganando la Copa del Mundo en Suecia.
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