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Ritter...Rycerz...Caballero

Columna de Martinoli 10-11-2016

Cuando llegó al colegio primario de Kusel, un pueblo cercano a Kaiserslautern, en el oeste alemán, el maestro le pidió que anotara un dictado, pero Miroslav se quedó petrificado mientras los demás no entendían qué pasaba con el chico nuevo del salón. El asunto es que el rubio se presentó en el aula con casi nueve años de edad a cuestas, pero no hablaba alemán. “Sólo sabía decir ‘hola y gracias’, no entendía nada de lo que me preguntaban”, le contó a la ZDF.

El pequeño de la familia Klose era polaco de origen silesio, venía llegando de la vecina Francia donde su padre, Josef, fue futbolista profesional con el Auxerre durante más de un lustro, y por ende sólo hablaba el idioma de sus padres que le inculcaban en casa con tremendo orgullo y entendía la lengua de Moliere, que debió aprender con el día a día en tierras galas; nada mal para un chico de su edad, pero crítica situación sin duda para un chamaco al que metieron sin conocimiento alguno al colegio alemán.

Los profesores lo bajaron tres grados, es decir, lo enviaron a que realizara el primer año de primaria para que fonéticamente pudiera adaptarse a su nueva lengua. Las burlas en el colegio eran vastas porque nadie entendía que un niño tan grande estuviera con nenes que venían de abandonar apenas los juegos con plastilina.

“Recuerdo que cuando esperábamos pasar la frontera y pedían nuestros pasaportes, sabía que iría a algo diferente, pero jamás me imaginé qué tanto sería”, relató para Zeit.

Miroslav de por sí era tranquilo y sumamente callado, para colmo las circunstancias de la vida lo hicieron encerrarse más, sólo era capaz de abandonar su cueva aislada del mundo cotidiano cuando una pelota empezaba a recorrer los campos aledaños al instituto.

“El futbol me salvó la infancia, no la pasé bien, pero de a poco con el juego me empecé a soltar e incluso a hablar más con los chicos de mi edad”.

Sus padres decidieron ir a Alemania porque de una u otra forma los acercaba a su querida Polonia; sin embargo, deseaban vivir en el lado occidental del muro, porque las historias y noticias que les llegaban más allá del concreto no eran lo alentadoras que deseaban para ver crecer a sus hijos.

El deporte siempre fue prioridad en una familia discreta, trabajadora y sin problemas económicos primarios. Josef dejó el futbol y se convirtió en tornero, mientras que Bárbara, la madre, luego de jugar más de 80 partidos como seleccionada polaca de handball, terminó trabajando como peinadora en una peluquería.

Miroslav, de la misma manera que aprendía alemán, olvidaba el francés, pero sus días tras un balón eran felices. Todo fue empírico para él, jamás hubo tiempo para que su padre le enseñara trucos con el esférico, ni dinero a granel que soltar para que en las tardes asistiera a clases de futbol como otros amigos suyos hacían. Si practicaba futbol sería en la calle y después de cumplir con sus estudios; de hecho, ya entrado en la adolescencia, las exigencias por aprender un oficio adicional a los libros lo arrimaron a la carpintería, ya que su padre pensaba que manejar la madera en esa zona sería un trabajo único y bien pagado, al estar rodeados únicamente de talleres textiles y de curtido, así que ser carpintero haría la diferencia, pensaba.

Pero Miroslav tenía otra idea en la cabeza. Quería ser futbolista sin alterar los planes de su familia. La rebuscaba en clubes de bajo nivel y hasta en la Séptima División del futbol alemán organizado llegó a participar. Era un jugador promedio con una mentalidad sublime y un físico envidiable. Sus entrenadores admiraban que no dejaba de correr y sabía sacrificar barridas en pos del bien común. Delantero centro duro, gran cabeceador y muy disciplinado tácticamente.

Klose jamás pasó por divisiones inferiores de un club importante y mucho menos jugó para selecciones menores. No obstante, un día, el Kaiserslautern le extendió a los 21 años un contrato profesional. Así como alguna vez llegó al colegio, así arribó a la Bundesliga. Era un desconocido, silencioso, que de a poco se ganó un lugar. Con apenas dos temporadas, Polonia, sabedor de sus orígenes y acta de nacimiento, lo convocó a la selección mayor y Alemania hizo lo propio, generando un sismo en la familia.

“Polonia quiso que jugara para ellos, pero después vino Alemania con la misma oferta y decidí hacerlo con ellos por que ahí pasé gran parte de mi infancia y de mi vida. La prensa inventó muchas cosas. Yo hablo polaco, quiero a Polonia, paso muchas vacaciones allá, muchos de mis tíos viven allá, mi familia es de allá, pero Alemania me dio la oportunidad de crecer y jugar”.

Una incómoda situación que tres años más tarde también viviría Lukas Podolski.

Los 52 goles marcados en cinco temporadas con el Kaiserslautern se convirtieron en 65, pero en tres campañas con el Werder Bremen, y de ahí le llegó la máxima graduación para un atacante de la Primera División alemana: jugar para el Bayern Munich. Fueron cuatro años de dura competencia por un lugar en el ataque junto a Podolski, Luca Toni, Ribéry, Donovan, Gómez, Müller, Robben y compañía. Desgaste mental que le bajó el promedio de gol y lo hizo pensar en el exilio futbolístico.

Pasó de la tranquila y ordenada Baviera a la caótica e imponente región de Lazio que tiene como capital la ardiente Roma, con sus fantasmas y colores. Lo hizo justo para ceñirse la camiseta biancocelesti con el águila imperial en el pecho, esa misma que acompañaba a la legión romana en sus batallas. Ahí en la Lazio fue recibido como si fuera un hijo pródigo y al poco tiempo fue catapultado como ídolo emblemático, tras marcarle gol al 93’ a la Roma en el abrasador ‘Derby della Capitale’ que la Lazio ganó dos por uno in extremis, cortando así una racha de cinco derrotas consecutivas ante su odiado rival.

“No lo podía creer, la gente italiana es muy expresiva; luego de meterle gol a la Roma llegó el cartero a la casa y cuando le abrí la puerta se arrodilló para besarme los pies, increíble”, se ríe con un dejo de vergüenza para la RAI.

Fue un romance eterno hasta sus últimos días, porque al laziale no le importaba la tabla, le importaban los clásicos y ahí Klose nunca defraudó, ubicándose como el cuarto mejor anotador albiceleste en ese tipo de encuentros y como el séptimo goleador en la lista histórica del club por debajo de Piola, Signori, Chinaglia, Giordano, Rocchi y Puccinelli.

“Jamás me olvidaré de lo que viví en Roma, fue único e inigualable; pude demostrar que a pesar de mi edad era capaz de jugar en Italia y poder ayudar a mi equipo”.

Especialista de la primera intención, trabajador constante del área, machacaba con cada pique a los centrales hasta provocarles una falla por cansancio o por repetición. Goleador implacable que con Alemania viajó a la estratosfera y vio desde arriba a los mortales. Klose marcó como en ningún otro lado; vestido de blanco concretó 71 veces, más que nadie con la camiseta de la Mannschaft, rebasando por tres anotaciones al legendario Gerd Müller y quedó segundo en presencias con 137, sólo por detrás de Lothar Matthäus.

De esos tantos, 21 fueron de cabeza y 16 de ellos en Mundiales, encumbrándose nada más y nada menos que por encima del monumento llamado Ronaldo, paradójicamente tras mojar frente a Brasil en el famoso 7-1 del Mineirao.

Pero ‘Miro’ no sólo fue un goleador de época, sino que además fue un competidor feroz, aunque leal hasta la médula. Sus máximas joyas no son goles, ni volteretas al frente, ni siquiera es el haberse consagrado Campeón del Mundo en la expiración de su carrera.

Sus perlas llegaron jugando para el Werder Bremen y la Lazio, al admitir irregularidades en sus jugadas e informarle al árbitro. 

Primero de mayo del 2005, minuto 25, Klose entró al área mientras el arquero del Arminia Bielefeld, Mathias Hain, le lanzó una barrida que le sacó la pelota, pero que lo hizo caer; el árbitro marcó penal y antes de expulsarlo, Miroslav, le dice al juez que no fue falta. Los medios alemanes alabaron el Fair Play del atacante y la Bundesliga lo reconoció al final de la temporada por su acto deportivo. “Creo que el trabajo de los árbitros ya es bastante difícil y no hay que complicarles mas las cosas. Él me preguntó si Mathias había tocado la pelota y yo le dije que sí, nada más”.

26 de septiembre del 2012, minuto 3, Klose remata a portería un centro en tiro de esquina lanzado por Hernanes ante el Nápoles y mientras sus compañeros celebran, los napolitanos le reclaman al árbitro Luca Banti. El alemán se acerca al referí y le dice que metió la mano, más allá de que Hugo Campagnaro, defensa argentino, lo tiene abrazado cometiendo claro penal. Miroslav admite su falta y es abrazado por los jugadores rivales, que al final ganaron el juego 3 por 0. Nuevamente fue reconocido con el premio al Juego Limpio y al recibir el galardón dijo: “Es un gran honor este reconocimiento. Pero también estoy un poco irritado, porque para mí lo que hice debería hacerse siempre, en cualquier cancha y no tendría que ser anormal”.

Miroslav Klose, un personaje alejado de los reflectores pero con detalles y logros fuera de lo común. Hombre claro, preciso, grande y muy humilde. Dígalo en alemán: ritter, o grítelo en polaco: rycerz, nosotros lo enaltecemos en castellano: un caballero, eso es lo que es.