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Sensacional

García 11-07-2017

El domingo al mediodía fuimos convocados para el partido denominado ‘Revancha de Leyendas’, título pretencioso por ambos conceptos. Lo de revancha lo definiste perfectamente en la charla táctica, Manolo Lapuente: vamos a divertirnos, jueguen, ríanse y muévanse por donde mejor se les dé la gana; nunca mejor aplicado. Lo de leyendas está claro que les aplica a los alemanes, muchos de ellos campeones del mundo en Italia 1990.

Son pocos los eventos como éstos a los que suelo ir, en este caso tú, Jorge Campos, me convenciste sin permitir objetar. Tenemos partido tal día y a tal hora, nos ponemos de acuerdo cómo llegar y jugamos media hora, así me ordenaste y yo acaté. A pesar de estar en los medios de comunicación hace casi 17 años, soy una persona sumamente penosa; en primera instancia me cuesta socializar, soy hosco, así que cuando iba en mi camioneta rumbo al hotel de concentración me reconocí nervioso.

Minutos antes de llegar te marqué, Jorge Campos, para dejar mi auto en el estacionamiento del añejo y excelso Karisma, lugar donde despachas; subimos a tu cuarto y nos dirigimos al piso 39 donde estaban todos los mexicanos con quienes jugaríamos. 

Con el primero que me topé fue contigo, Francisco Javier ‘Abuelo’ Cruz, eres un ente fascinante con un carisma desbordante, nos abrazamos y nos tomamos fotos con tu familia. Posteriormente fui descubriendo a los demás: Raúl Servín, Luis Hernández, Fernando Quirarte, Claudio Suárez, Ricardo Peláez, Cuauhtémoc Blanco, Pável Pardo, Luis Flores, Miguel España, Manolo Negrete, Pablo Larios, Ramón Ramírez y Félix Cruz. 

Contigo, Félix, recordamos tu importante injerencia en mi debut con los Pumas por allá de enero de 1987, cuando le dijiste a Mario Velarde, en paz descanse, que había un imberbe delantero que tenía algunas cositas para ascenderlo a Primera, y también recordamos aquella Copa de Oro en 1991, cuando fuiste mi mentor. Tú, ‘Beto’ García Aspe, como gran capitán y buen figurín llegaste directo al camión, el cual compartimos con los prudentes alemanes.

Inmediatamente después de saludar a cada uno de mis compañeros, me relajé y empecé a disfrutar de lo que sería una extraordinaria odisea. Cada vez que tengo que jugar a la pelota me inquieto porque normalmente me desgarro algún músculo, esta espinosa situación me condiciona y lo estaba haciendo otra vez hasta que llegué al Zócalo y observé cómo habían montado las tribunas y el campo, una cosa de locos, el escenario sencillamente era perfecto.

Incluso, me acordé de ti, Christian Martinoli. Un día antes te había comentado que tenía ciertas dudas de ir al juego, me dijiste que me conocías a la perfección y que terminaría por hablar con todos y pasármela bien; fue exactamente lo que sucedió. Había que divertirse y eso exactamente hicimos; me reí recordando anécdotas y pasajes juntos, nos burlamos de nuestras falencias físicas y fuimos poco a poco sacando ese rasgo competitivo que nos caracterizó siempre.

Mientras jugaban los del Mundial de 1986, los demás estábamos tranquilos, viendo cómo se desarrollaba el juego, sin mayores responsabilidades más que vitorear y tratar de dar algún consejo estratégico. El primer duelo terminó 1-3 a favor de los alemanes, mucho por tu culpa, Uli Stein, atajaste no menos de ocho jugadas claras de gol de los nuestros.

Se tuvo una pequeña pausa para recuperar fuerzas, y ahora sí, se vino el momento; mi ansiedad se incrementó, aun sabiendo que no iba a jugar de titular, así que desde el pitazo inicial, junto contigo, Ricardo Peláez, empezamos a calentar en la banda. Pasaron los minutos y tú, Manolo Lapuente, me preguntaste si ya estaba listo, la verdad no lo estaba, pero te contesté que sí; salté a la cancha por ti, Luis Hernández. 

De manera extraña me empecé a sentir muy bien, con mucha claridad, soltura, y supuse que sería un buen día. Y así lo fue. La primera pelota que toqué me la diste tú, Cuauhtémoc Blanco; la rematé de primera intención y pegó en el poste derecho. La segunda jugada en la que intervine también me habilitaste tú, ‘Cuau’, y de primera intención de nuevo impacté, y tu mano izquierda, Uli Stein, me impidió gritar y celebrar.  

Vendría la tercera pelota, me la filtraste tú, Ramón Ramírez; te gané unos centímetros, Klaus Augenthaler, y sin pensar rematé cruzado con la zurda. Cuando levanté la vista, la pelota estaba pegando en la red; mi celebración fue parca, tampoco era para tanto, pero me sentí muy feliz. Mi zozobra había desaparecido, estaba disfrutando el juego, mismo que días y horas antes estaba sufriendo en mi mente. 

Vino la siguiente jugada, aceleré por la parte interior del área derecha de los teutones y sentí cómo la parte posterior de mi muslo izquierdo me pegó un latigazo. Un nuevo desgarre, nada que no conociera, así que disimuladamente caminé erguido hacia la banca y te dije, Ricardo Peláez, que entraras en mi lugar. Me puse una bolsa de hielo en la zona agraviada, y en lugar de rumiar mi lesión, seguí riéndome en la banca como enano.

Terminó el segundo cruce, lo ganamos 2-0; el otro gol fue tuyo, Ramón Ramírez. Íbamos a los penaltis para desempatar, pero a alguien, no sé quién, de manera brillante se le ocurrió no tirarlos y darles la Copa a los alemanes, para cerrar con ello una magnífica fiesta, que si bien tuvo pequeños exabruptos por la calentura natural de la competencia, concluyó en armonía y con abrazos entre todos.

Ya montados en el camión para regresar, nos encontramos con una multitud que nos rodeaba, gritaba y saludaba, como una especie de reconocimiento, inmerecido tal vez, pero reconocimiento al fin, el cual en particular me infló el alma y el corazón. Tuve la enorme fortuna de ser considerado para este sublime evento que me permitió reencontrarme con extraordinarios exfutbolistas, pero mucho mejores seres humanos. Bendita pelota, nunca dejes de rodar, aunque con nosotros los veteranos ruedes más lento.