Una lección de vida...
Más que una lección de futbol, el Barcelona nos regaló una auténtica lección de vida.
Un equipo de futbol que no sólo ha dignificado al deporte en la ultima época, también lo ha hecho por el camino adecuado: buscando siempre el buen juego, la pulcritud, la excelsitud, la perfección y la limpieza en el campo. No es que se haya alejado totalmente de esos parámetros el miércoles por la noche en el Camp Nou. Los tuvo, pero también tuvo empatía, valentía y entrega absoluta para regresar desde lo impensable e ilógico. El Barça nos mandó a callar a todos aquellos que creíamos que las ‘misiones imposibles’ existen en el futbol. No. No existen, ni en el futbol ni en la vida misma cuando se tiene preparación, concentración y deseos de superar cualquier tipo de adversidad.
Lo increíble de la mágica jornada del 8 de marzo en la Champions es que el Barcelona volvió dos veces en un mismo partido. Lo hizo a partir de un guion que parecía contarse casi perfecto con un gol a los tres minutos, otro antes de que terminara la primera mitad y uno más al comienzo de la segunda. Hasta ahí, el regreso parecía detallar una película de suspenso y también de gloria, pero de pronto, su cansado corazón tuvo una ‘arritmia’, una vacilación, una decaída, una duda.
Y permitió que el Paris Saint- Germain, que no merecía nada, absolutamente nada, viviera a partir de un gol del uruguayo Cavani. Y otra vez, a ‘remar contra la corriente’, a sudar la camiseta porque la orilla estaba a tres goles de distancia y el tiempo se agotaba dramáticamente en la ciudad de Gaudí.
Pero ni siquiera ahí empequeñeció el Barcelona. Nos dio otra lección clara que en la vida jamás puedes rendirte. Y ahí vamos otra vez. A tomar riesgos -que van circunscritos siempre en la filosofía de juego de este equipo-, a buscar el balón que es esencial para jugar al futbol, a correr, a meter, a pelear, a enviar centros y a buscar que la desesperación no terminara apabullando a la inteligencia.
Ni Messi ni Suárez ni Iniesta y puede que un poco más Neymar, pero el Barça más que un nombre en particular, más que su famoso ‘tridente’, fue un espíritu de equipo inquebrantable y poderoso. Podía contra cualquier cosa que tuviera enfrente. Estaba poseído por el elixir sagrado de su camiseta, de su orgullo, de su pena por aquel 14 de febrero que jamás debió existir en su historia. El 8 de marzo estaba en camino a colocarles donde siempre deben estar.
¿El arbitraje? Que se vayan ‘al diablo’ -con todo respeto o sin él- aquellos que creen que el Barcelona fincó su gloria en los errores o en las intenciones del que viste ‘de negro’. Más que cualquier duda sobre el árbitro, habría que enfocarse en la actitud medrosa, timorata y hasta cobarde del Paris Saint-Germain. El equipo francés fue una vergüenza total. Y el futbol premió a quien tomó los riesgos, no a quien vino a especular y a morirse de miedo.
No puede dejar de sorprendernos la gran hazaña que ha logrado el Barcelona a la mitad de la semana, pero también puede ocurrir que lo veamos como algo normal o mundano. Después de todo, lo único que ha hecho este maravilloso equipo es dignificar al futbol, como el mejor club de la época, para muchos uno de los mejores de la historia del futbol y de todo el deporte.
El Barcelona nos dio, sobre la cancha, una lección de vida más que de futbol: el talento, las formas, las maneras siempre serán importantes, pero el verdadero mensaje radica en que no puedes rendirte jamás, debes entregarlo todo y luchar por tus ideales, tu filosofía, tu supervivencia, porque ni en ese rectángulo de césped ni en la vida misma existen las misiones imposibles.