Volcánico
“Es difícil ubicar a La Reunión en el mapa, pero es aún más complicado localizar a Saint-Philippe dentro de La Reunión”, le cuenta orgulloso Dimitri Payet a L’Equipe Enquete.
Y es que esta remota isla de fieros volcanes, impresionantes acantilados, frondosa selva, playas doradas, rodeada de coral y custodiada por tiburones blancos está ubicada en el océano Índico frente a Madagascar y a 9 mil 391 kilómetros de París. Un lugar que para encontrarlo es necesario extender el zoom de la computadora a tope y fijar bien la mirada para centrar el sitio exacto donde creció el primogénito de los Payet, una familia creole (criolla), como casi todas las que pertenecen a este departamento de ultramar francés.
Alain, un empleado de la Oficina Nacional Forestal, y Michele, trabajadora social, vivían bien y de manera discreta en la Rue du Stade (la calle del estadio) en el barrio de La Marine, a 50 metros del estadio de Saint-Philippe, al sur de la isla. Sin saberlo, esa dirección marcaría sus vidas porque el pequeño Dimitri, desde los cuatro años, quería estar más tiempo en la esquina de la cuadra corriendo en el silvestre pasto del inmueble que en su propio hogar.
Cuando la penumbra se asomaba, su madre lo traía a rastras para que dejara de jugar futbol. “Mis padres fueron siempre duros conmigo, al principio me daba lo mismo y me cansaban sus palabras, regaños y consejos, pero con el correr del tiempo me di cuenta que todos los valores que me inculcaron son lo que me hicieron ser una persona de bien”, expresó para Sport Confidentiel.
Dimitri en cada cumpleaños sólo pedía balones de futbol, no le importaba nada más, tenía un amor incondicional por la pelota y éste se incrementaba cuando veía los fines de semana jugar a su padre como discreto delantero. “Veía a mi papá y quería ser como él, siempre ha sido mi mayor motivación e inspiración”.
Con apenas 12 años ya jugaba en el emblemático Jeunesse Sportive Saint-Pierroise, equipo formador de talento ubicado a hora y media de su casa, debido al sinuoso camino que debían cruzar en auto para arribar a la vecina Saint-Pierre (lugar donde nació). Iban tres veces a la semana para que Dimitri entrenara en ese club porque le habían dicho a sus padres que el chico tenía calidad y que de ese club habían salido jugadores tan importantes como Roger Milla, Jean Pierre Papin y Djibril Cissé.
La apuesta era arriesgada, pero su padre había acomodado su horario de trabajo para poder llevarlo a los entrenamientos. Una tarde los visores del Le Havre, cuadro de la Ligue 2 francesa y entidad ligada deportivamente al Saint-Pierroise, le ofertaron a los Payet escolaridad, alimentación y vivienda si dejaban que su hijo fuera a Francia a probar suerte.
Cuentan que en La Reunión llueve todos los días como en Le Havre; sin embargo, el agua en la isla es cálida, mientras que en el norte galo, en La Bretaña profunda, la humedad te destroza el alma. Dimitri no lo pensó más, ni siquiera hicieron mella en él las distintas advertencias que su madre le dio. Le habló de la distancia, las costumbres, la comida, las maneras de la gente y de todo lo que se encontraría tan lejos de su casa y con tan poca vida recorrida.
“Fui feliz, mi madre me acompañó un mes, ahí ambos conocimos Francia, pero después ella se fue y yo comencé a extrañar mucho. De todas maneras cada vez que volvía de vacaciones estaba convencido que regresaría a Francia para poder ser futbolista”.
Cuatro años así, que de a poco se fueron complicando, porque no tomaba en serio la escuela y porque no se sentía valorado en el club. La insolencia le ganó por goleada a la responsabilidad y de común acuerdo tanto Le Havre como Dimitri cortaron relación.
“Cuando volví a La Reunión me di cuenta que quería seguir jugando futbol. No aceptaba mi fracaso; sin embargo, sabía que no era tan bueno, porque no había trascendido en las inferiores de un club de Segunda División, fue duro para mí. El sueño estaba terminado”, mencionó en The Guardian.
La familia vivía en Saint-Joseph y ahí la Association Sportive de l’Excelsior lo invitó a jugar. Tenía 16 años y ya pertenecía al primer equipo. Su velocidad, habilidad y golpeo de balón hacían diferencia en el torneo local. “Aunque no era muy fuerte físicamente, el jugar contra adultos hizo que fortaleciera mis músculos y mi mente, porque me pegaban mucho pero entendía eso, que sólo eran golpes y que yo podía más que ellos”.
El Nantes había mandado a la isla a Laurent Guyot, director del departamento de formación juvenil de la entidad, para que diera unas clínicas; sin embargo, lo llevaron a ver un juego del Excelsior. Ahí, con apenas media hora de juego, preguntó por el número 20. “Es Payet”, le contaron los dirigentes del Excelsior, “por eso te trajimos al partido, para que lo vieras”.
Guyot quedó impresionado y ofertó lo mismo que en su momento Le Havre le había dado a Dimitri. “En verdad ese día jugué bastante mal, no sé qué le pasó por la mente a Guyot, ni qué es lo que me vio, eso sólo lo sabrá él. De todas formas le dije que no quería volver a Francia, que ése era un tema cerrado para mí”.
Payet no quería volver a vivir la rudeza de la lejanía y las fuertes instrucciones de sus entrenadores. Él estaba feliz viviendo bajo la libertad de acción que le daban los técnicos en su isla, no necesitaba gritos, necesitaba aliento para soltar todo su talento y por ello no pretendía volver a lo esquematizado y riguroso del sistema francés de formación futbolística.
“Una charla larga y dura con mi papá y mi tío me hicieron recapacitar. Me dijeron que probara, que no perdía nada. Que a casi nadie se le presentaban segundas oportunidades y que yo tenía una enfrente, que buscara aprovecharla”.
En Nantes despuntó de inmediato y al año de su llegada entrenaba con el plantel mayor. Al cumplir la mayoría de edad debutó y al segundo partido profesional le metió gol al Metz. Un reportaje en 2005 del Journal des Canaris, programa del club que hacía seguimiento a la vida de sus jóvenes talentos, lo mostraba a Dimitri trabajando en una tienda de camisas por las tardes. Dicha historia se haría famosa mundialmente cuando en la Euro del 2016, Payet fue figura.
Irreverente pero indiferente, eran las características básicas que lo llevaron por la Ligue 1. Cuando venía de vena, le pintaba la cara a cualquiera porque su viveza y frescura eran inalcanzables para los demás; el asunto es que su arte los esparcía en gotero y el frasco lo llevaba cada cuatro partidos. Su carácter explosivo y su escudo ante las críticas se activaban cuando los gritos desde la banca llegaban. No soportaba no tener la razón y se bloqueaba.
Sus días estaba contados cuando protagonizó una pelea de vestuario con el veterano portero Fabien Barthez; al final, el equipo descendió y el Saint-Etienne lo sacó del infierno. Con el cuadro más ganador de Francia tuvo momentos extremos, porque cuando frotaba la lámpara el reloj se detenía para observar sus desbordes geniales y su duende soltaba la magia de los sabios del balón; sin embargo, ahí tuvo un altercado bochornoso cuando en pleno juego se peleó con Matuidi, su capitán, al que le lanzó un golpe.
“En verdad me arrepiento de mis actos, pero soy responsable de las consecuencias. Siempre las he aceptado. Entiendo que he cometido errores”, dijo. Lille fue su siguiente paso. Formó parte de una enorme campaña con el cuadro del norte, pero la sangre isleña necesitaba calor y raza, esa que sólo se siente en verdad en el sur de Francia, en la incandescente Marsella.
En el OM se encontraría con Marcelo Bielsa y su pragmatismo. “Venía jugando bien, pero un día me sentó, no entendía por qué lo hizo. Me enojé mucho, pero después supe que lo hacía para que yo viera lo importante que era para el equipo que mi mente estuviera tranquila; él sintió que estaba perdiendo enfoque en lo básico del juego y así tomó la medida. Duró un partido y regresé mejor que antes”.
La inconsistencia de su formato futbolístico lo veía reflejado en la selección. Jugó tres partidos en 2010. Después no volvió sino hasta el 2013, pero no fue considerado para el Mundial de Brasil. Su trascendencia y continuidad la encontró hasta el 2016, cuando estuvo 17 partidos vistiendo la camiseta azul; es decir, dos más que todos los encuentros que antes había acumulado como representante nacional francés.
En Inglaterra no entendían porque una joya del Olympique de Marsella recaía en el West Ham. “Fui al West Ham porque consideré que era la entidad que me daría posibilidad de seguir creciendo en una liga tan importante como la inglesa. Además, el OM necesitaba entrada de dinero y por eso acepté”, le relató en entrevista a Thierry Henry.
Sus tiros libres con parábolas indescifrables formaron parte delirante de los resúmenes mensuales que entrega la Premiership. “Los tiros libres los entreno poco, una vez que me sale, entiendo la posición del golpeo y no lo vuelvo a practicar. Sólo lo entreno un poco en el calentamiento previo a los partidos. No es necesario más, ya está en el inconsciente la fórmula”.
La ligereza de movimientos con el ímpetu descarnado por el protagonismo hicieron que todas las luces alumbraran el camino de Dimitri. Un jugador técnicamente espléndido que tiene la pierna izquierda para los goles y reserva la derecha, su favorita, para los golazos. Y es que parece que Payet, no puede anotar goles feos, todos son de enorme valor artístico, como si de recopilar estrellas Michelin se tratara.
Sin embargo, con Dimitri nada es absoluto y la brújula lo mueve constantemente. Dejó el West Ham en medio del descontento y la desilusión de varios ingleses, pues su arranque le dijo que era otra vez hacia el sur, con un viejo amor, lo que la felicidad de la pelota le tenía preparado como destino. “Volví a Marsella, porque necesitaba su calor, su pasión. El proyecto es bueno y quieren resurgir la importancia y trascendencia de este club a mediano plazo, por eso estoy aquí”.
El nombre de Dimitri Payet retumbó definitivamente en 2016, a sus 28 años, cuando sus impactos de francotirador deslumbraron al planeta durante la Eurocopa jugada en Francia, en la que se erigió como el termómetro dentro de un equipo lleno de talento, pero escaso de ideas y dominio de las situaciones. El látigo contra Rumania, la euforia desmedida de su festejo y sus lágrimas de alegría por lo duro del camino recorrido para llegar a semejante gozo, conmovieron a un país que no vivía tal euforia alrededor de una balón desde el Mundial de 1998. Payet hizo que Francia entera mirara hacia La Reunión, una isla deshabitada cuando ellos llegaron siglos atrás, e hizo que la sintieran suya de verdad, que la sintiera hermana de sangre, a pesar de la distancia.
Cada año en vacaciones vuelve a La Reunión y ahí nadie le pregunta de resultados, sino de sentimientos, porque es en medio del océano que Dimitri recarga vitaminas y se reencuentra así mismo con su verdad.
“Amo este lugar. Soy orgulloso de ser creole porque aquí tenemos un gran corazón, generamos carácter fuerte, trabajamos duro, nunca nos vencemos, jamás abandonamos, esa es la verdadera fuerza de ser creole”.
Payet, un tipo que se calma y emerge explosivo. Un hombre que arranca y se frena continuamente en pies y cabeza. Una mente revolucionada que vive a la expectativa de la trascendencia. Un volcán activo que despide cautivadoras y peligrosas fumarolas que nunca se sabe cuándo se transformarán en erupción. Dimitri, un chico como cualquier otro que salió desde un lugar remoto, al que la consistencia deportiva y el reconocimiento por su trabajo parece le llegaron tarde dentro de este encarnizado negocio; sin embargo su trascendencia descansa más allá, porque le demostró al mundo que no existen edades, distancias, banderas, barreras ni prejuicios que puedan contra el talento.