Volver
La imagen será imborrable, y como bien sabemos, cuando pasan ese tipo de escenas tan gráficas de inmediato le dan la vuelta al mundo. El llanto imponente de Ustari recargado sobre las rodillas más la posterior reacción de Aquino, ante semejante momento, bastan para saber lo que sienten propios y extraños cuando un accidente de este tipo se presenta en un campo de futbol.
Ustari penosamente no es ajeno al caprichoso, cruel y a veces incomprensible azar de la desgracia física. Un guardameta que desde joven mostró sus dotes de atajador, con presencia por elevación y buen dominio del área. Un portero de exportación con triunfo en categorías menores y proceso ascendente hasta Selección mayor de su país. Un futbolista que acierta mucho más de lo que erra y eso cuando se trabaja debajo de los tres palos es sumamente valioso.
Si Oscar no consiguió mejores rendimientos en Europa o vitrinas de calibre superior a las que visitó, fue debido a que el físico le ha intentado boicotear la carrera en varias oportunidades.
En México su andar ha sido parecido, ya que la rentabilidad del número uno está fuera de discusión cuando se coloca los guantes y participa; ahí luce empoderado y como dirían los amantes de la tauromaquia se le ve con “sitio” bárbaro.
El asunto es la fragilidad, esa que el miércoles por la noche lo volvió a traicionar en solitario, dejándolo repleto de coraje impotencia y dolor, mientras el Jalisco, compañeros y rivales lo abrazaban.
Sin embargo, Ustari compensa toda la fragilidad física con el inquebrantable poder mental que lo ha hecho resistir a los peores momentos que un jugador de futbol puede pasar.
Porque acá la pregunta ya no es cuándo se volverá a torcer el camino de Oscar en los campos, sino el tema es saber cuándo estará listo para volver. Porque Ustari, siempre vuelve, siempre.