Wayne Rooney: Revoltoso
Siempre me han maravillado los deportistas de alto rendimiento, sin importar la disciplina que desarrollen, que son capaces de vivir en el aquí y en el ahora en sus carreras, y tú Wayne Rooney eres uno de ellos.
La afrodisíaca odisea que significa jugar futbol profesional en los más altos estándares suele nublar los juicios, máxime cuando la edad es un fuerte obstáculo, ya que se suele ser sumamente joven cuando se transita por tan seductora profesión. Es por ello que resoluciones como la tuya de retirarte de la selección inglesa poseen gran relevancia y, sobre todo, conllevan gratificantes lecciones para muchos otros que se dedican a lo mismo y rozan similares escenarios.
A un año del Mundial de Rusia 2018, y todavía en plenas y total control de tus facultades, estás por cumplir 32 años, decidiste dar un paso al costado de tan glamorosa cofradía, de la cual fuiste uno de los comandantes en jefe, y en la cual dirimiste el poder con tu característica insurgencia con otros importantes cabecillas ingleses. Tus números con la selección de ‘Los Tres Leones’ son imperiales, 53 pirulos en 119 duelos, y máximo goleador en la historia, sencillamente enchinan los sentidos, pero remitirnos en exclusiva a ese glacial y desangelado paraje para definirte me resulta pobre e injusto, incluso siento que encapsula tu enorme influencia. Tu injerencia dentro de esa confusa agrupación; y utilizo el término confusa porque dado el caudal de talento reunido durante tu estadía es inverosímil e inexplicable la escasez de éxitos colectivos de este fabuloso grupo, fue siempre mucho más allá de tu mágico vínculo con el gol.
Desde tus inicios fuiste insurrecto, desde siempre te sentiste cómodo perteneciendo al club de los chicos malos como bien dices tú, Jesús Humberto López, famoso ‘Yisus’. Las buenas maneras y buenas costumbres nunca formaron parte de tu manual, pero igual nunca te importó ni inmutó que fuera de otra manera, es más, no sé si supiste que siquiera existía otra manera. Disfrutabas como nadie vivir en el lado oscuro de la fuerza, tu esencia siempre te demandó habitar en esos nebulosos parajes, daba la impresión que en esos sombríos lugares era en donde adquirías tu pujanza y tu temple.
Antes de anunciar tu éxodo de la selección inglesa, primero regresaste a la querencia, a tu nido, a tu amado Everton, esa salerosa y espinosa organización que te cobijó, te amó y te colocó en la Primera División a tus escasos 16 años, cuando un adolescente se encuentra apenas intentando reconocer sus emociones, su mente y su cuerpo. Pues bien, tú a esa compleja edad ya andabas respingándole a más de algún defensor que intentó intimidarte como se solía hacer por aquellas épocas en donde al novel había que aleccionarlo mediante golpes para que no anduviera faltándole el respeto a los añejos, y esa rupestre práctica era usada tanto por compañeros de equipo como por los rivales.
En el Everton iniciaste lo que al tiempo sería una iluminada carrera como jugador que se acerca a su inexorable final, ley de vida que entiendes perfectamente, ya que a la distancia parece que has preparado con brutal inteligencia emocional tu divorcio del balón, tu salida del juego, tu adiós.
Hace algunos años cuando fui a entrevistar a Javier Hernández al Manchester United, mientras esperaba en el lobby de las fastuosas instalaciones, tuve la fortuna de saludarte, fueron escasos segundos, tú salías rumbo al estacionamiento, te estreché la mano, y apenas intercambiamos dos palabras. Te despediste con esa pícara y media sonrisa que siempre usabas y que jamás permitía saber qué pensabas ni tramabas, la del típico niño travieso sabedor que se le permite todo porque aparte de ser encantador, es un genio haciendo su trabajo. ‘Farewell’, querido Wayne Rooney, tú y la pelota están en paz, y eso que la paz nunca fue uno de tus recintos favoritos.