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Anestesia para el mal humor social

Columna José Luis Caballero 18-09-2016

A las 23 horas del día 15 de septiembre, tanto el Ejecutivo federal como gobernadores, presidentes municipales y jefes delegacionales de la Ciudad de México reciben la Bandera Nacional de manos de una escolta militar, para posteriormente dar el ‘Grito de Independencia’ enarbolando la bandera, al tiempo que expresan una serie de arengas y vítores a los héroes por todos conocidos, sin perjuicio de aquellos que el Ejecutivo en turno desee libremente añadir. (Leona Vicario, Hermenegildo Galeana y Vicente Guerrero, entre otros).

Esa fastuosa ceremonia que años atrás convocaba espontáneamente a cientos de miles de mexicanos a los zócalos de las principales capitales de los estados y municipios del país y, desde luego, en el de la Ciudad de México, hoy presenta condiciones totalmente distintas: cinturones de seguridad rodean las plazas públicas, arcos detectores de metales provocan largas filas para la entrada y muchas horas de espera; prohibición para introducir alimentos o bebidas y, en especial, miles son los acarreados que ingresan para evitarle al Ejecutivo en turno el riesgo de una plaza semivacía, reclamos airados, insultos o abucheos ganados a pulso. Eventos muy ‘producidos’, intentando controlar cada posible escenario presentado de los mismos.

Pero no todas las celebraciones de las fiestas patrias son así. Para el deleite de nuestros compatriotas en el extranjero, la celebración de estas festividades, ajenas al control gubernamental, suponen una gran oportunidad de acercarse a importantes artistas mexicanos que visitan sus ciudades, quienes a través de la música, los transportan momentáneamente de regreso a los pueblos o comunidades de donde son oriundos... Ajenos a la violencia cotidiana, a la corrupción e impunidad rampante de su propio país, ese grupo de connacionales festeja una Independencia de la que sólo dan testimonio los libros de historia, pues en la mayoría de los casos han tenido que emigrar en busca de condiciones de vida dignas que su propio país ha sido incapaz de darles.

Emmanuel y Mijares, Alejandro Fernández y Maná, entre otros, hicieron que Las Vegas, Nevada, capital mundial del juego de azar, con una ocupación de 145 mil habitaciones, equivalentes al 98% de su capacidad hotelera, se convierta, nuevamente, en una extensión temporal de México para los festejos patrios, quienes con su incuestionable talento artístico lograron que en esa ciudad desértica, floreciera y se escuchara fuerte y entonado el grito de: ¡Viva México!

A celebrar pues las fiestas patrias, como dije, anestesia pura para el mal humor social.