Felicidades, América...
En el futbol como en la vida, del amor al odio hay apenas un pequeño paso...
Pero antes de decir algo que pueda resultar inconveniente o inapropiado, seré claro y tajante: jamás he odiado a nadie, mucho menos a un club de futbol que aglutina pasión, gloria y que alimenta, juego a juego, el espíritu de sus aficionados.
Desde la trinchera donde me ‘protegí’, donde encontré cobijo, calor, alimentación, cuidado y protección, había una esencia ‘antiamericanista’. Fui, soy y seré un orgulloso portador de la antorcha que encendió José Ramón Fernández . No sé si al final del día se trataba más de un encono, de una animadversión, de una rivalidad por lo que tiene detrás o lo que significa el club que por el propio América, pero aprendí a respetar, a cuidar y a seguir esa ‘corriente’, no línea, que quede claro. No voy aprovecharme de la fiesta que proponen las siguientes horas para salir del pastel (o del closet) y declarar que mantuve una tendencia ‘antiamericanista’ lejos de mi convicción o de mis sentidos periodísticos. No, de ninguna manera.
Fui lo que fui y moriré así, entendiendo que ese ‘antiamericanismo’ ha colaborado estrechamente con las bases y el equilibrio del futbol mexicano. El América es tan ‘grande’ que necesito siempre de una contraparte, de un punto de vista distinto a lo que decían sus seguidores y a lo que más tarde promulgaban sus voceros a través de los órganos de publicidad que el equipo ha tenido casi por naturaleza desde que se unió a la televisión. El ‘antiamericanismo’ de José Ramón era tan necesario como el americanismo de Televisa. Yo sé bien dónde estuve parado siempre. Nadie me engañó ni me dio el dulce equivocado. Hice y hago lo que tengo que hacer.
Hay otra parte de mi vida que guardo son sigilo, con recelo y que, si usted quiere, escondo y sólo la comparto con aquellos que me son más íntimos. No seré tampoco un oportunista desde esta otra trinchera, la de mi corazón , la de mi padre biológico con el que disfrutaba aquellos domingos que empezaban fríos y que terminaban calientes bañados de sol en la platea del Azteca mientras Zelada se tiraba por un balón, Tena salía jugando, Cristóbal ponía orden, Santos, la clase y Zague marcaba el gol. Aquellos domingos de manos sudadas, de pulsaciones a tope, de emociones y de sinsabores que conservo en la intimidad y que no abriré totalmente hoy. Aquellos domingos, papá, yo, el América. No necesitaba más.
El América está cumpliendo años y no es un cumpleaños cualquiera: son 100 años, 100 años de alimentar con triunfos, con historias y con grandeza misma al futbol mexicano. El América es casi un patrimonio de nuestra cultura futbolística, si es que eso existe, y yo he tenido la grandiosa ocasión de apreciarlo desde dos horizontes completamente disímbolos, desde dos lados diferentes de la calle. Desde ambos, desde mis neuronas y desde mi corazón, hay y existirá siempre un reconocimiento a un club que es capaz de provocar los sentimientos más profundos que el mexicano tiene cuando habla, discierne y presume su pasión por un juego llamado futbol.
Al América aprendí a quererlo... Al América aprendí a odiarlo, pero, antes que nada y siempre, al América aprendí a respetarlo.
Hoy, primero a sus aficionados, a todos ellos, a los educados y a los no educados, a los ricos y a los pobres, a los amarillos y a los azules, a sus futbolistas legendarios (Reinoso, Borja, Tena, Cristóbal, Zague padre y Zague hijo, Cuauhtémoc, Zelada, Aguirre, ‘Pichojos’, Santos, ‘El Monito’ Rodríguez, Germán Villa, Lara, Bacas, Brailovski, Luna, Cabañas, Adrián Chávez, ‘Chucho’ Benítez, Zizinho, De los Cobos, y muchos otros que omito por falta de memoria y de espacio) a sus dirigentes de época (Cañedo, Diez Barroso, ‘Panchito’), a sus directivos de hoy, José Romano y Ricardo Peláez, a sus porristas más acérrimos (‘El Burro’ Van Rankin) y por supuesto, a su dueño, a don Emilio Azcárraga, a todos ellos, felicidades, muchas felicidades, desde las dos trincheras, la de mi ‘antiamericanismo’ y la de mi ‘corazón’...