Maldito Cruz Azul...
Caminaba, casi corría entre los automóviles, brincando los charcos y descubriendo sombras en la tormentosa noche de domingo en el sur de la ciudad. A mis espaldas, el Estadio parecía seguir encendido, vivo, rugiendo y exclamando cuando yo suponía y juraba que al haber dejado mi asiento, la historia estaba condenada y escrita.
Algunos minutos más tarde, cuando por fin estaba cerca de mi destino, empecé a notar algo extraño: jóvenes corriendo por las calles del barrio Santa Úrsula con la camiseta amarilla sobre el pecho y la bandera del América ondeando en lo alto. Algunos metros más adelante, cuando abrí la puerta del sitio hacia donde finalmente me dirigía, el semblante y la sonrisa sospechosa de Rafael Puente me lo confirmaban todo.
Diez minutos antes, quizá un poco menos, había dejado a Cruz Azul como campeón del futbol mexicano. La noche del domingo 26 de mayo de año 2013 había quedado como un ‘monumento’ a la heroicidad de un equipo y, también, al sufrimiento, a la desgracia, casi perenne, del otro.
Sin embargo, aquellos que pensábamos que lo habíamos visto todo entre América y Cruz Azul en aquella Final de la primavera del 2013, nos quedamos con la boca abierta el sábado pasado. La imaginación supera cualquier indicio de realidad.
Setenta y dos horas después, trato de buscar explicaciones. Entiendo bien que la expulsión de un futbolista como Aldo Leao es un hecho remarcable y hasta fundamental en la película del juego, pero aun con 10 hombres, Cruz Azul tenía, en casa, una ventaja de tres goles, sobre un América perdido en la primera mitad y evidentemente presionado por volver a caer en un Clásico.
La pregunta más obvia en el examen post-mortem del juego es ésta: ¿Fue más una gran virtud del América, una muestra del espíritu inquebrantable de su camiseta, o fue otra vez Cruz Azul?
¿Fue otra vez Cruz Azul y sus miedos, sus caídas estrepitosas, su comportamiento bipolar, su ‘enfermedad’ de los últimos 20 años? ¿Qué fue lo que pasó? No lo sé. En apariencia, la llegada de Tomás Boy, su fuerza, su coraje, su personalidad ayudaría a darle a este club lo que le ha faltado en los últimos tiempos.
Me acuerdo bien que dentro de mis reflexiones sobre aquella Final de mayo de 2013 siempre estaba un pensamiento que decía completamente convencido: “Con Tomás Boy en la banca de Cruz Azul, el América no le quita el campeonato”. Billy Álvarez decidió darle al ‘pueblo azul’ lo que en apariencia exigía y necesitaba. Y ahí están otra vez los resultados, los mismos resultados de siempre.
Las redes sociales y algunos expertos siguen hablando de un tema ‘mental’, que finalmente pudo haber marcado la diferencia en la cancha y en la historia del juego del sábado. Y sí, démosle esa misma justificación, pero no dejemos de asombrarnos cómo un grupo de futbolistas profesionales son capaces de caerse de tal forma, de dejar de correr, de pelear y de hacerlo con la propiedad técnica que habían mostrado en los primeros minutos del partido.
Tampoco voy a entrar en la vorágine de que hay ‘una maldición’ sobre Cruz Azul. Creo y respeto todo, pero creo más en el esfuerzo, en el valor y en la concentración del ser humano. Cruz Azul no está ‘maldito’ como aseguran algunos. Más bien, habrá que decirlo, como seguramente lo dijeron millones y millones en el anochecer del sábado: “Maldito, maldito Cruz Azul”.