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Columna Christian Martinoli 02-06-2016

Sólo el cauce del Guadalquivir lo separaba de Sevilla y de sus dos grandes pasiones. Esas que veía desde lo más alto del multifamiliar donde creció en Camas, Andalucía. Y es que Sergio, el hermano de en medio de la familia Ramos, jugaba todas las tardes futbol en el destartalado campo enfrente de su casa, hasta que su madre Francisca, ‘La Paqui’, le tiraba un par de gritos para que fuera a merendar “Yo le gritaba, ‘ya voy’ y en eso salía mi padre que sin decir palabra alguna, sólo señalaba con el dedo que viniera, obvio, el juego terminaba”, le dijo a Canal Plus. Ahí es donde aprovechaba para postrarse a la ventana que daba hacia la urbe hispalense para ver difusamente los colosos que eclipsaban su cerebro. La plaza de toros de la Maestranza y el estadio Ramón Sánchez-Pizjuán.

Porque como buen andaluz, Sergio, mamó el ser español hasta las venas, a ello se le debería sumar su típico seseo sureño, ese tono encantador de serpientes y casi enigmático para los visitantes. Además escuchaba flamenco todo el día, no se alejaba de la pelota y le gustaba ir al campo bravo a ver los toros y los caballos, porque aunque no los vio en el ruedo, su padre José María, siempre le habló de los dos orgullos taurinos del pueblo Curro Romero y Paco Camino.

“Yo le dije a mi madre que quería ser matador o futbolista y me contestó: ‘Pues hala, empieza a pegarle a la pelota, porque un capote no lo vais a ver jamás, que de eso me encargo yo’”, le contó a Marca.

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