El ring es para pelear, la vida real es para cuidarnos
En estos días hablé públicamente sobre un mensaje de odio que recibí en redes sociales. Decidí no repetirlo, porque hay palabras que no merecen más alcance ni más escenario. Pero sí decidí hablar de lo que representa, porque no fue una crítica a mi trabajo, fue un intento de agredir mi identidad, mi origen y mi dignidad. Y cuando eso pasa, una aprende que el silencio también puede convertirse en costumbre, y la costumbre en normalización.
Como deportista de alto rendimiento, una vive con la crítica todos los días. Es parte del oficio. La lucha libre, además, despierta una pasión enorme. Hay debate, opiniones, preferencias, comparaciones. Todo eso es normal. Si alguien no disfruta mi estilo, mis promos o mis combates, está bien. El debate existe y la pasión también. Pero una cosa es opinar y otra deshumanizar. Una cosa es ser fan y otra es intimidar, discriminar o usar la migración como burla. Esa línea no puede borrarse.
Cuando compites al más alto nivel, entrenas el cuerpo para resistir el dolor, el cansancio y la presión. Lo que pocas veces se dice es que también tienes que entrenar la mente para filtrar el ruido, para no dejar que el odio se meta a tu casa, a tu descanso, a tu familia. Un mensaje intimidatorio no se queda 'solo en internet' cuando toca temas de identidad o amenaza tu seguridad. Se convierte en algo que te obliga a cambiar rutinas, a revisar protocolos, a estar alerta en espacios donde deberías sentirte concentrada únicamente en tu trabajo.
Y esa es una reflexión importante: No debemos normalizar la violencia digital porque muchas figuras públicas, atletas, periodistas, artistas y comunicadores han tenido que tomar medidas preventivas por mensajes de odio o intimidación. Eso ya nos dice algo serio sobre el momento que vivimos. Cuando una persona tiene que reforzar su seguridad, limitar información personal o modificar su manera de interactuar por miedo a una agresión, el problema dejó de ser 'un comentario' y se convirtió en una forma de violencia.
Por eso hablé. No para victimizarme, ni para alimentar una polémica, sino para poner un límite con claridad. No quiero que mi comunidad responda con más odio. No quiero que lo conviertan en espectáculo. Quiero que entendamos algo más profundo: El odio no se combate repitiéndolo, se combate rechazando su normalización. Si ven mensajes así, no los compartan para 'quemar' a alguien; repórtenlos. Proteger una comunidad también es una forma de valentía.
Yo soy Thunder Rosa. Soy mexicana. Soy de Tijuana. Y cada espacio que he ganado en esta industria ha sido con disciplina, sacrificio y amor por la lucha libre. No me voy a esconder ni me voy a ir. Voy a seguir apareciendo, trabajando y representando con orgullo a quienes se ven reflejados en mí.
Porque el ring es donde peleamos; la vida real es donde nos cuidamos. Y si de verdad amamos este deporte, también tenemos que cuidar la dignidad de quienes lo hacemos posible.